miércoles, 28 de mayo de 2008

Enrique Congrains Martin. 999 palabras para el planeta Tierra. Ediciones HuaitaPuquio. Lima, 2008. 446 pp.

Si con El narrador de historias Enrique Congrains hace gala de un especial vigor creativo, al urdir una trama ambientada en 2075, con 999 palabras para el planeta Tierra este autor, proveniente de las canteras del realismo más «radical» de la década de 1950, demuestra que lo suyo no es la subordinación irrestricta a un patrón ficcional de «mayor estatus» o de «amplio reconocimiento», sino el enfrentamiento crítico a la esencia misma de la recreación estética de la realidad que permite el ejercicio literario, a partir de un conocimiento de lo que es el hombre, y lo que este hace, sueña, imagina, transforma y transgrede. Congrains ha regresado al ruedo para disturbar a quienes fungen de críticos literarios sin mayor mérito ni valor «agredado»; para perturbar a quienes intentan fabricar un panorama narrativo a su medida; para mortificar a los defensores a ultranza del realismo; y, en fin, para indisponer a quienes consideran que la ficción artística es un concepto planteado para ahondar brechas, excluyendo a los de acá a fin de promover o catapultar a los de acullá.

Pero antes de desarrollar algunos asuntos de fondo, resulta pertinente contar con alguna idea de lo que es 999 palabras para el planeta Tierra, es decir, de su particular trama en el panorama literario peruano y regional.

En un futuro no muy lejano, cerca de las Líneas de Nazca, aterriza un artefacto espacial —denominado Nave Editora— proveniente de un planeta que no pertenece a nuestra galaxia —la Vía Láctea—. El primer individuo que entra en contacto con la Nave Editora es el maestro de escuela rural Toribio Huaita Quincho. El contacto no tarda en divulgarse y la Nave Editora invita a todas las naciones de la Tierra a redactar un artículo de 999 palabras sobre el género humano y escoger tres imágenes que representen a la humanidad. Texto y fotos aparecerían en una próxima edición de la Gran Enciclopedia Intergaláctica, volumen en el que aparecen todas las especies inteligentes visitadas por la Nave Editora. Es un difícil reto; téngase en cuenta que hasta el momento este texto presenta poco más de 333 palabras, o sea, aproximadamente la tercera parte de lo que debían escribir sobre la Tierra los redactores seleccionados por la Unesco, a partir de un lobby entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU —China, Francia, Federación de Rusia, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y Estados Unidos— … y aún hay mucho que decir de 999 palabras para el planeta Tierra.

La novela presenta los diálogos que sostienen mensualmente cinco latinoamericanos —de Costa Rica, Estados Unidos, Colombia, Venezuela y México— durante doce reuniones —del 5 de mayo de 2015 al 5 de abril de 2016— en casa del anfitrión «tico», cerca de San José. Refiere

Estas sesiones tienen la función narrativa de convocar a estos sujetos —en cada reunión más entrañables y cohesionados, no obstante sus diferencias y personalidades— para intercambiar información, en una primera etapa, sobre todo lo concerniente a la conformación del equipo de redactores que se encargará de elaborar el artículo de las 999 palabras y de seleccionar las tres imágenes, y, en una segunda fase —o sea, una vez constituido el grupo de trabajo que opera en la sede de la Unesco, en París— especular, a partir de sus pesquisas en las altas esferas en las que se mueven, acerca de los temas que se desarrollarán en el artículo para la Gran Enciclopedia Intergaláctica.

Congrains acierta en suponer todos los escenarios imaginables gracias a un muy buen diseño de los interlocutores: aparte del anfitrión costarricense, que se dedica al cultivo del café; hay un abogado mexicano, ex embajador de su país en Washington; un sociólogo venezolano; un neurocirujano estadounidense de origen ecuatoriano; y un culto y sagaz inversionista colombiano. Estos personajes, en cuyos parlamentos no hay acotación alguna, se expresan académicamente, aunque con ciertos matices, pues de pronto el nivel desciende a la chacota de barrio, al discurso familiar, al chisme de peluquería o a la picardía de salón, para retomar vuelo con un enfoque periodístico que evita la jerga o el grado sumo del discurso especializado. De acuerdo con el narrador de la bisagra: «si algo tenían en común los cinco era el ser latinoamericanos informados, cosmopolitas, con leguas o kilómetros de buenas lecturas, y dotados de vasta curiosidad por indagar críticamente en los asuntos de la humanidad».

Con 999 palabras para el planeta Tierra, Congrains se muestra, en el plano de la forma, como todo un conservador, y se aleja —sin dejarlas u olvidarlas— de sus principales preocupaciones temáticas: el rol de la mujer y las migraciones. Ante este alejamiento, incluye a su universo narrativo dos asuntos que sustentan las reflexiones más agudas y emblemáticas de 999 palabras para el planeta Tierra: la crítica al eurocentrismo y la reivindicación del autodidactismo.

Es más que relevante que el descenso de la Nave Editora se produzca cerca de las Líneas de Nazca. Esto tiene varias aristas muy interesantes. En primer lugar, el carácter aún enigmático en el imaginario nacional —no obstante las conclusiones de diversas investigaciones científicas— de este conjunto de geoglifos que solo puede ser apreciado en su gran dimensión desde el cielo. El mensaje que encierra las Líneas de Nazca ¿a quién va dirigido?, ¿a los dioses o a los extraterrestres? Este escenario le otorga a 999 palabras para el planeta Tierra un efecto muy inquietante, pues la respuesta sobre el sentido de las Líneas de Nazca no se halla explícito en la novela, sería más bien una conclusión de cada lector. En segundo lugar, por la atención que cobra un país como el Perú ante la comunidad internacional. En la novela, queda clara la grandeza histórica y cultural del país que se edifica alrededor de las Líneas de Nazca. Desde el aterrizaje de la Nave Editora, el mundo gira en torno a este país tercermundista. Y, en tercer lugar, se rinde homenaje al autor de Canto de sirena. En efecto, Congrains no solo dedica su reciente obra a Gregorio Martínez, sino que exalta el espíritu de este, ubicando el descenso de la Nave Editora cerca de las Líneas de Nazca y pincelando al personaje Toribio Huaita Quincho con ciertas características del admirado «Goyo». Que la Nave Editora no se posara sobre Estados Unidos, Canadá, Australia o Europa no es un mero capricho nacionalista de Congrains. La elección del desierto de Ica, como se puede apreciar, obedecería tanto a razones históricas y socio-políticas como literarias.

Todo este énfasis geopolítico en lo peruano —representado por el escenario iqueño— y, sobre todo, latinoamericano, fruto, sin duda, del desplazamiento del autor por diferentes países de esta parte del mundo —personificado en los interlocutores que se reúnen religiosamente cada mes en casa del anfitrión costarricense—, es utilizado por Congrains para plantear una dura crítica al afán de establecer una cosmovisión —que implica una «Historia Universal»— desde la perspectiva de Europa. Esta crítica al eurocentrismo la desarrolla Congrains en diversos entornos y niveles.

La conciencia narrativa del eurocentrismo se plantea transversalmente en muchas de las discusiones entre los interlocutores latinoamericanos, en los comentarios directos de los redactores del artículo de las 999 palabras y en el punto de vista periodístico-editorial que encabeza a gran parte de los subcapítulos de la novela, como ocurre con la cita del diario Czech Happenings de Praga: «Es legítimo entender la historia del ser humano como una permanente expansión de sus horizontes: de una Tierra plana y circunscrita a Europa, Asia y África se pasó a un verdadero descubrimiento de que nuestro hogar era una esfera terráquea».

Por otro lado, Congrains ensalza reiteradamente el aporte intelectual no académico, en estado puro —no contaminado por un sentido de competencia egoísta y avasallador—, es decir, el que se genera y promueve en grupos ajenos al quehacer del negocio de la enseñanza universitaria. Además, estamos obviamente ante una filuda y ácida crítica: la evidente inutilidad de una entidad como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, o sea, la Unesco, y del mundo académico formal, caracterizado por su doble moral. El grupo de especialistas que sesiona en el seno de la Unesco, en París, para cumplir con el encargo «mundial» de redactar el artículo de las 999 palabras es claramente la metáfora del fracaso de la burocracia académica y de las mentes privilegiadas, formadas en recintos universitarios, para solucionar los principales males que afectan a la humanidad.

En esta novela de Congrains, tanto la crítica al eurocentrismo como la reivindicación del autodidactismo son afirmaciones políticas, no cabe duda, pero no caen en el burdo panfleto de la denuncia social obvia o la promoción demagógica de un «nuevo orden», pues lo de él es la literatura, a saber: el arte de llevarnos a la reflexión mediante la experiencia lectora de conocer una ciudad real o imaginaria, un país cercano o lejano, un mundo (el nuestro u otro), o el mismo universo, en su continua creación-destrucción-expansión desde nuestra reducida capacidad humana, personal, para entender semejante inmensidad, tremendo prodigio. Escritores como Enrique Congrains tienen el poder y virtuosismo narrativo para ofrecernos con pasión este panorama complejo que es 999 palabras para el planeta Tierra, y de extrañarlo, una vez que hemos concluido su lectura.

miércoles, 14 de mayo de 2008

José Cabrera y Agustín Prado, directores. Ajos & Zafiros. Revista de literatura. Nº 8/9. Lima, 2008. 302 pp.

Resulta difícil presentar el número 8/9 de Ajos & Zafiros con justicia, es decir, dando a cada parte la atención que le corresponde. No cabe duda que estamos bajo la tiranía del tiempo y del espacio. De modo que, a partir de un criterio plenamente subjetivo, que tiene que ver, en estricto, con mi gusto e intereses personales, he decidido —todo un dictadorzuelo— detenerme en algunas secciones, a fin de hablar más sobre pocas cosas que decir casi nada sobre todo lo que propone la edición doble de la revista de literatura dirigida por José Cabrera y Agustín Prado. No en vano la sabiduría popular nos previene al respeto con aquello de quien mucho abarca, poco aprieta… Así que nada de extensas enumeraciones ligadas a una magra frase explicativa solo por cumplir.

Tras consultar el índice de la reciente edición de Ajos & Zafiros, saltó a la vista la parte de narrativa de la sección «Coros de la Piedra», o sea, las colaboraciones de, en esta oportunidad, Ricardo Sumalavia, Johnny Zevallos, Enrique Prochazka y Daniel Soria.

«Pacientes» es el título del relato de Sumalavia; una historia contada con soltura narrativa, que descolla por un dosificado manejo de la expectativa, pues el concepto de intriga no se ajustaría a los vaivenes familiares que suele proyectar el particular realismo del autor. El mayor mérito de «Pacientes» es su riqueza semántica, producto de un estilo básicamente directo, sin mayores imbricaciones o zigzagueos retóricos, pero matizado por hechos subordinados a prolijas descripciones y reflexiones. El autor consigue tocar las fibras más íntimas del lector a propósito de las peripecias domésticas de una pareja madura que se prepara para coronar su paternidad con la llegada de un nieto, colocándola en una situación límite particular e intensa, pero dentro de los límites de lo cotidiano. Imposible dejar de lado la metáfora ribeyrana del mudo o, más bien, del enmudecido por la rutina burguesa y el marasmo intelectual.

Zevallos, con «El segundo reino», nos brinda la portentosa desmitificación y caída de un gobernante que alimenta su ego al sojuzgar cruelmente a sus súbditos. En este texto lo divino ligado al poder llega al paroxismo voyerista de observar —sin ser advertido— la mortificación y muerte de los supuestos culpables cuyo pecado es dudar de la fe encarnada y, por tal descreimiento, subvertir el orden. Zevallos utiliza el cambio de voz para ahondar en la diferencia entre lo divino y lo humano, y lograr, con ello, una mejor distancia para apreciar al protagonista en su plena subjetividad (por ejemplo, mantener obstinadamente un entorno disfuncional, una realidad disociada). A partir de un discurso recargado y, por momentos, de enrarecida diafanidad, «El segundo reino» es una metáfora oscura de cómo llega a pervertir el poder; de cómo, dado el caso, cae la máscara de Dios y se hace trizas para restituirse en el rostro de un nuevo portador.

«Smisek en la casa Miró» de Prochazka —al margen de la lectura de «Casas imaginarias. Templos de la narrativa artística peruana» que Calderón Fajardo posteó en el blog Porta9, generando veintidós comments y las réplicas exegéticas de conspicuos bloggers— es una deliciosa propuesta que, además de retar nuestra imaginación, nos invita a ser lectores creativos, lúdicos e ingeniosos. El contrapunto —o el «patrón contrapuntístico» para emplear una figura de José Miguel Oviedo— se ofrece como una sinuosa continuidad. Son interesantes el planteamiento de una pareja adánica que va descubriendo la cárcel de su paraíso, y el riesgo narrativo que asume Prochazka en este relato, en el que la arquitectura del discurso y su materia —el idioma y el uso de este— son más importantes que la casa misma y los personajes: una descripción detallada de ambientes y episodios eróticos que confluyen en un grito de dolor y placer, causado tanto por un ribadoquín como por el miembro viril que simboliza. Prochazka se vale del referente metaliterario de Ciudadano Kane para intensificar el laberinto monumental del escenario y perfilar la excentricidad del dios-guardián.

El cuarto cuento, ambientado en el país de la infancia, nos regresa al realismo cotidiano y familiar de Sumalavia. Con «Psicología», Soria construye una propuesta didáctica que promete sorprender, pero sin hacerlo, lo cual implica una extraña sorpresa. Es más, cierto tufillo a moraleja, en el remate de esta historia, más que asombrar, inquieta. El autor nos refriega el temor de una niña ante la idea de que lo que no puede ver corre el riesgo de desaparecer. Esta idea de casi todo niño, que sustenta la magia del mundo infantil, es una verdadera tortura para Rosita, el personaje de la historia. Una psicóloga ayudará a la pequeña protagonista a enfrentar sus miedos y superar sus angustias. La prosa sobria de Soria cobra mayor realce en los momentos en que muestra con cadenciosa frialdad el mundo interior de la niña, particularmente cuando pone a prueba su capacidad y recursos como ser competitivo.

Páginas más adelante, en la sección «Fantasmas de Papel», se presenta la investigación «Una noche de delirio (1869): Una breve aproximación a los inicios del género fantástico y de horror en el Perú» de Elton Honores Vásquez. Como anuncia y advierte en el título el autor de este artículo, estamos ante el texto que funda una vertiente poco analizada de la tradición literaria peruana, pero también ante una lamentable evidencia: el poco interés por revertir esta situación. Así, frente a la dejadez, el aporte de Honores Vásquez es doblemente plausible: porque se trata de una propuesta académica que ofrece sugestivos planteamientos —además de brindar una trascripción prolija del cuento «Una noche de delirio»—, y por el interés que generaría esta clase de trabajos entre estudiantes de literatura, jóvenes críticos e investigadores con vocación de analizar a fondo la historia literaria peruana.

Honores Vásquez, tras situar al texto en una particular coyuntura literaria y periodística, atribuye la autoría de «Una noche de delirio» a Francisco Ibáñez. Los argumentos expuestos por Honores Vásquez son convincentes aunque rebatibles, pues no se cuenta con la absoluta certeza de que el autor del libro Cuentos de mi tierra (1864) lo sea también del relato publicado en El Nacional bajo el seudónimo de H. Feydeau en 1869. Lo verdaderamente importante es haber ofrecido un texto claramente fundacional, al margen de quién fue realmente H. Feydeau, y contar con información estimulante y detallada de la época para apreciar con plenitud «Una noche de delirio», texto que consigue causar en el ánimo del lector el impulso afectivo que solemos etiquetar con el nombre de miedo ante la «evidencia» de lo terrible y espantoso, es decir, experimentar cierta perturbación angustiosa por un riesgo real o inventado.

En «Galeón de Libros», última sección de Ajos & Zafiros, el lector hallará dieciséis reseñas literarias cuya lectura permite un mejor contacto —en cuanto entretención, entendimiento y apreciación— con estudios académicos y obras de ficción. La sección de crítica literaria en las revistas especializadas llena el vacío que la creciente banalidad periodística se ha esmerado en cultivar tan eficientemente. Es más, la tendencia agria y gratuita de agredir que ostentan sujetos sin formación ni talento, que fungen de críticos literarios en diarios locales, es un síntoma más de la galopante «magalización» que está sufriendo el mundo literario nacional, en el que los blogs argolleros ocultan el Sol con un dedo y los blogs basura se erigen como los máximos exponentes de la bajeza más apestosa.

Todo esto nos lleva a reflexionar acerca de cuál debe ser el propósito de la crítica literaria, y qué mejor marco que lo ofrecido por los colaboradores de «Galeón de Libros»: Christian Bernal, Alberto Valdivia, Erika Rodríguez, Milagros Lazo, Marie Jammot, José Cabrera, Víctor Quiroz, Irene Cabrejos, Claudia Arteaga, Lizbeth Talledo, Moisés Sánchez, Jessica Rodríguez y Allan Silva.

Sería tedioso enumerar las dieciséis obras y los sendos autores, así que solo mencionaré el comentario de Marie Jammot sobre el poemario de Grecia Cáceres En brazos de la carne (Massachussets, Asaltoalcielo editores, 2005). Escojo esta entrega, que se podría definir como un ensayo poetizado sobre la maternidad, por la sencilla razón de que Cáceres ha tenido a su cuarto hijo hace poco menos de dos meses, lo cual enfatiza el «actualizado» sentido poético-corpóreo de En brazos de la carne —y dejo de lado otras obras de mi interés, como La hora azul de Alonso Cueto, El Paso de Miguel Ildefonso o Mírame cuando te ame de Fernando Iwasaki—. Y más que comentar la reseña crítica de Jammot, citaré unas líneas de esta sobre el poemario de Cáceres: «… la poeta juega con la polisemia que ofrece la fisonomía femenina, baraja tanto imágenes triviales como idealizadas, simultáneamente abstractas y concretas (…) El locus simbólico del erotismo y del deseo es destruido, “forzado” por el que nace. La madre parturienta se vuelve entonces en la metáfora de una ciudad asediada cuya cultura, lengua y religión se encuentran amenazadas. El alumbramiento mismo se vuelve un avatar de la dialéctica cultura/barbarie…» Es importante cómo Jammot inscribe este poemario en la producción literaria de Cáceres, quien además de poeta es novelista: «… no es sorprendente que aquella última orientación intimista [la novela Atardecer, aun no publicada en español] desemboque en un poemario, verdadera exploración de los arcanos de la maternidad y la madurez.»

Por otra parte, es oportuno reconocer la serie de imágenes del proyecto A Imagen y Semejanza, hechas, como reza en el colofón-ilustración, por Ángel Valdez y Carlos Lamas, en tinta y aguada sobre papel Kimberly en formato A4. El enfrentamiento armado interno —que empezó en 1980 y que puso al país en el borde de un abismo— es analizado como tema y registro literario en más de la tercera parte de la revista. Este desangramiento absurdo y dolorosísimo es representado en veinte ilustraciones que combinan la tradición judeo-cristiana de las plagas que asolaron Egipto para la liberación del pueblo de Israel con el tono didáctico y de subrepticia reclamación iconogáfica que empleó Guamán Poma de Ayala en su Nueva corónica y buen gobierno. Este discurso gráfico ejecutado por A Imagen y Semejanza potencia los textos referidos al conflicto e, incluso, a las secciones que tratan otros temas y asuntos, lo cual refleja lo que ocurre también en la realidad: nuestra paz es relativa, es casi un invento de un sector del país, pues la violencia aflora, persiste y no se deja olvidar.

Para concluir, quisiera apuntar al título de la revista —etiqueta que materializa estéticamente su misión editorial—. En efecto, Ajos & Zafiros en su edición 8/9 se afirma en el propósito de presentar un contenido de la A a la Z, simbolizados por un objeto de dudosa y exquisita aceptación —casi un oxímoron— como por otro, que podría generar una desmesurada ambición por el deseo de posesión. Y en eso consiste justamente la experiencia de lo literario, en ir de la A a la Z, por medio del buen manejo del idioma, para acercarnos a la compleja realidad humana y hurgar en lo que esta esconde, desde lo más vulgar y exquisito hasta lo más precioso e inútil. El secreto está, como bien lo demuestra la presente edición de Ajos & Zafiros, en hallar el conector apropiado entre un cabo y otro. En el caso del nombre de esta publicación, se trata del signo «et», que tiene la magia de unir dos opuestos o entidades ajenas y una fascinante esencia gráfica. Sobre este particular signo, Adrian Frutiger, en su libro Signos, símbolos, marcas, señales, refiere que no se trata de una letra ni de un signo de puntuación. «Es una figura conceptual externa derivada de la frecuente conjunción latina et [y], cuyo empleo data ya de muchos siglos y que permanece en vigor».

martes, 13 de mayo de 2008

Carlos Calderón Fajardo. Playas. Colección Underwood. Lima, 2008. 24 pp.

En el cuadernillo Playas —sétimo número de la Colección Underwood que dirige Ricardo Sumalavia, desde Burdeos, con el apoyo de Mateo Millones, Joel Anicama, Antonio Tuya, Julio del Valle y Estrella Guerra, en Lima—, el autor, Carlos Calderón Fajardo, muestra su plena condición de narrador que explora a sus anchas y sin obstáculos la continuidad mente-mundo; y patentiza su posición de creador experimentado que hace perfecto uso de la libertad poética —prerrogativa estética no muy difundida— para recrear con soltura desde su entrenada capacidad de observar, imaginar e ir más allá del común de los mortales. Y queda claro, en este díptico, cómo Calderón Fajardo establece sus marcas literarias, y las brinda con la intención de afirmar su posición y desempeño de escritor transversal, en el espacio geográfico de la costa peruana —la playa y el sol en su singularidad literaria—, y de autor suspicaz, ingenioso e inventivo, que respeta la realidad al grado de no hacer un estudio sociológico, no obstante su interés profesional de explicar científica y objetivamente lo que rodea al individuo —y cómo este transforma aquello— o reflexionar denotativamente sobre la estructura y funcionamiento de alguna sociedad humana.

Narradas con un estilo seco y directo —y tramadas desde la metáfora del mar y el símbolo de la arena—, las dos historias de Playas —«Playa Ballena» y «Punta Negra», en ese orden— son una reflexión sobre la vida con la vejez y la muerte como telón de fondo. En estos escenarios, el tiempo —en cuanto transcurso y percepción como experiencia íntima y personal— es el espíritu que articula el cuerpo de los hechos, en cuanto color, textura y temperatura.

En «Playa Ballena», Calderón Fajardo desafía con cierta insistencia al lector. Y también le plantea algunas advertencias. No es una invitación al vacío, a saltar a un pozo sin fondo. Por el contrario, lo lleva a presenciar la resolución de un entredicho, a ser testigo de excepción de un desencuentro entre dos compañeros de letras, dos escritores forjados a la luz —y sombra— del gran José Donoso. Verosímil, aunque incierta, esta historia tiene el extraordinario encanto de involucrar al hipócrita y voyerista lector desde su primera frase, para proponer las vidas paralelas de dos escritores chilenos jóvenes, íntimos en el París de la década de 1960, discípulos del autor de El obsceno pájaro de la noche. Como ocurre, como siempre ocurre en mayor o menor grado —y como bien sabe Calderón Fajardo—, los grandes ideales que unen a las personas en un momento y lugar —coordenadas de la complicidad prístina— pierden, de pronto, a la luz del cambio que implica el flujo del tiempo y las conveniencias e intereses del mercado (aunque este fuera editorial), su intensidad y fuerza. Los grandes ideales se desvanecen, empiezan a perder su luz y tono, hasta ser un buen recuerdo, en contraste con lo que se podría obtener cuando se alcanza la fama o se cuenta con perfil bajo, cuando se logra el éxito o se crea desde el sufrimiento, cuando se consigue el reconocimiento o el ninguneo persiste como segunda piel.

La playa Ballena, el lugar que le da nombre al primer relato, es una suerte de lugar inventado —más onírico que abstracto— para la invención, espacio de una arquitectura narrativa que juega con los abismos de la verdad y las sinuosidades de la imaginación. Allí «coinciden» hasta tres historias literarias, certeramente engranadas para potenciar la explicación de lo misterioso, enigmático e inconcebible: la existencia misma del lugar como epifanía o, más bien, respuesta a una pregunta crucial y dolorosamente definitiva. De acuerdo con una leyenda que el protagonista evoca, el prototipo de la gran ballena blanca de Herman Melville varó en ese lugar, historia fundente que insufla vida al fantasma del cetáceo mítico de las aguas del Pacífico sur, para reavivar una de las historias decimonónicas más fascinantes.

Así, por medio del recurso metaliterario, pero no para enturbiar, sino para obtener un mayor brillo de lo ya brillante, es decir, sin caer en la manía de incrustar el dato erudito solo por cumplir o impresionar, Calderón Fajardo, por el contrario, orquesta un complejo y matizado contexto para explicar con inusitada sencillez filosófica una de las mayores preocupaciones de la humanidad. Lección punzante que se obtiene, en caso del protagonista de «Playa Ballena», a través de la contemplación de un fenómeno tan raro como un rayo verde: el fragor y fulgor de la vida misma, como suspiro de belleza, en la tarde de la existencia, refractado desde un gran cuerpo —¿acaso la humanidad toda?— en galopante corrupción.

En «Playa Ballena» el autor nos conduce hacia los acantilados de la fe, pero de la más difícil de lograr, o sea, la forjada en el plano terrenal, lejos de los fueros de la superstición o del temor a la ira divina, la dada entre individuos, para ofrecer una lectura estrictamente literaria de lo que es la amistad y hasta dónde puede llegar este afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.

Desde otra ribera, «Punta Negra» hurga con el mismo estilo de «Playa Ballena» —seco y directo en su mayor parte—, pero con el ritmo propio de una historia que se distiende y ajusta hacia un desenlace que si bien no es sorpresivo impresiona tanto por su hechura como por su contundencia. Estamos ante la pérdida y el duelo que esta supone, según Calderón Fajardo. Ante la muerte en una devastadora y cruda versión, que no cae en lo cursi ni resbala en el sentido obvio o la salida ramplona.

Al igual que en «Playa Ballena», el autor emplea la estrategia del recurso metaliterario, y desde la primera frase, con una cita del israelí Amos Oz, la cual va cobrando un sentido más vasto a medida que se reitera con ciertas variantes, hasta el punto final del cuento. Esta apariencia cíclica de «Punta Negra» es solo eso: aspecto, fachada, traza, pues el texto se afirma en una linealidad que es memoria en marea, recuerdo en flujo y reflujo, evocación en vaivén, y, por tal carácter, da espacio al contrapunto reflexivo sobre la juventud perdida y la vejez que acerca cada vez más al sujeto a la inminencia de la muerte.

El luto es un signo exterior de pena en atuendos, adornos y otros objetos, por la muerte de una persona. El duelo —del vocablo latino dŏlus (dolor)— es fundamentalmente lástima o aflicción, y en una segunda acepción encierra al conjunto de demostraciones que se hacen para manifestar el sentimiento que se tiene por la muerte de alguien. Respecto al primer término, conviene precisar que el Diccionario de la Lengua Española refiere que el color del luto en los pueblos occidentales es el negro, detalle oportuno para releer el nombre del conocido balneario al sur de Lima —Punta Negra— y advertir el aspecto nefasto y doloroso que implica este topónimo. Pero dicha playa —Punta Negra— es tan solo, como se puede presumir, la punta del iceberg. Calderón Fajardo utiliza apenas algunas pinceladas descriptivas para enfatizar el misterio de lo que no está expuesto a la vista del lector-espectador, lo que esconde el mar como materia natural, metáfora literaria y símbolo ancestral: «La ola, después de llegar a la orilla, regresa y subterráneamente une su fuerza con la siguiente ola que viene. Las corrientes se mezclan, son impredecibles cuando hay marea alta». [Las cursivas son mías.] Esta explicación, colocada en el centro del texto —y en un momento clave del desarrollo de la historia—, sirve para decodificar lo anteriormente narrado, a fin de asumir los siguientes párrafos desde la perspectiva de la anunciada fuerza subterránea. Así, mar y texto, más que una igualdad, son un continuum en la mente de Calderón Fajardo.

Como se puede inferir, el cuento «Punta Negra» nos obliga a establecer ciertas sutilezas semánticas. Así como existe una tenue diferencia entre vislumbrar y entrever lo oculto, en el ámbito de la distinción entre luto y duelo respecto a «las aguas cubren el mar» (frase de arranque) y «el mar bajo las aguas» (frase de remate), se descubre, tras seguir el proceso de asumir la pérdida del ser amado, el alfa y el omega de una serpiente que ondula con cierta linealidad, en vez de morderse la cola como el famoso ouroboros —ofidio emblemático de la Antigüedad, que expresa la unidad de todas las cosas, que nunca desaparecen sino cambian de forma en un ciclo eterno de destrucción y nueva creación—, no obstante la connotación cíclica de olas y resacas que inunda el texto.

El mar, después de todo, imagen de muerte y figura de memoria, en manos de Calderón Fajardo, es un lugar que se inventa a medida que se le disfruta o se le teme o se le mira. Y Playas —austero, costero y, por tanto, certero título— es una doble mirada ofrecida con talento e inteligencia, para recordarnos que la literatura puede hacer mejores personas a los lectores ante las adversidades de la existencia, pero no necesariamente a quienes la cultivan. Punzante verdad que Calderón Fajardo no duda en enrostrar a unos y a otros desde su bien ganada y prominente orilla, su trono como rey de las playas.