miércoles, 17 de septiembre de 2008

Carlos Calderón Fajardo. La noche humana. Ediciones Copé. Lima, 2008. 252 pp.

De acuerdo con el autor, La noche humana pudo haberse llamado El tríptico de Milú. Permítaseme discordar. Esta novela de Carlos Calderón Fajardo (la octava que publica) no tenía opción de titularse de otro modo. No creo, además y sobre todo, que se trate de tres nouvelles (lo que podría sustentar la tentación de denominarla «tríptico»), pues estamos ante un gran personaje-espacio: un París en mística y oscura dialéctica, cuya epifanía se produce en tres capítulos: «La oreja del éxtasis», «Los movimientos del silencio» y «Vida interrumpida», como invento trino pero sustancialmente uno, que se articula en la poderosa cita de San Juan de la Cruz, al borrar los límites de las cosas y los hechos, y sugerir lo eterno frente al vigor del goce (sexual) y la impotencia ante la insistencia (apabullante y vulgar) de la muerte. Eros y tánatos en tres etapas y perfecta unidad, a pesar de la sífilis y el mercurio que sana, la tuberculosis y la protección que salva, la metástasis y la poesía que santifica.

«La oreja del éxtasis», la primera parte de La noche humana, sería —como lo es— una gran introducción al conflicto central de la novela: el cómo enfrentar o responder estéticamente al mundo físico. Calderón Fajardo recurre a la libertad creativa de plantear un periodo imposible de vivir plenamente y al día por una sola persona, salvo que el personaje —sujeto de ficción— firme un pacto sobrenatural y consiga existir más años de los que le correspondan. El autor resuelve la cuestión por partida doble: consiguiendo no solo la verosimilitud realista sino la posibilidad de una solución metafísica.

En la introducción de La noche humana, Calderón Fajardo presenta a sus personajes en una particular cotidianeidad, que es, sin duda, el horizonte de una exquisita sordidez: un París centrado en la década de 1930. En este escenario cargado de nocturnidad y arrobamiento, Helba Huara dialoga con César Vallejo. La afamada bailarina le comparte al gran poeta sus penas de amor, el dolor que le produce la vida promiscua de su pareja sentimental, Gonzalo More, luminotécnico de Antonin Artaud. Gonzalo —extraordinario fornicador, reencarnación del dios Dioniso— «se va de putas» con Henry Miller, sirve de modelo a Lawrence Durrell y alimenta sexual y literariamente a Anaïs Nin. Y esta mantiene y protege al matrimonio More-Huara, no obstante que Helba y Anaïs son antagonistas. En este cuadro de personajes «reales», que viven independientemente a lo urdido por Calderón Fajardo bajo el paraguas de La noche humana, están las existencias de individuos no menos reales pero sin biografías en enciclopedias ni documentos en registros civiles.

En este límite entre los que existieron —dejando evidencia de su vida y obra— y los que posiblemente estuvieron —esfumándose con la muerte hasta ser materia de olvido—, Calderón Fajardo diseña y construye una novela sui géneris, en la que hace gala de su maestría narrativa para atrapar al lector. Pero, además, el autor le da la oportunidad creativa a aquel de cerrar o concluir lo que este, ex profeso, deja en manos de quien siga esta historia estructurada dantescamente en círculos concéntricos. En este límite o tierra de nadie, Calderón Fajardo rescata las presencias intensas de Miluska Ginsburg —Milú— y el Calato —tan peruanamente desnudo que hasta carece de nombre—. Ambos constituyen una pareja extraña e irreal, marcando el contrapunto onírico de una noche que insiste en enfatizar lo humano como versión oscura e instintiva que acepta de contrabando lo bárbaro en un entorno cuyos miembros se jactan de civilizados, en uno de los centros más emblemáticos de la cultura occidental.

Además de judía peruana y poeta surrealista, Milú es París, el personaje transversal a los tres capítulos de La noche humana que consigue sobrevivir, burlar el orden, transformarse, renacer, transmigrar, reinventarse e incluso «regresar recargada». Es la hierba mala que nunca muere, y es también la yerba buena que fuman el escritor Antonio Salas y la bailarina Yvonne en «Los movimientos del silencio», por medio de la cual vuelve al mundo no como símbolo mallarmeano sino como fantasma posmoderno con carga vanguardista, es decir, como explicación surreal de una estética que busca una ética correspondencia con la vida a punto de interrumpirse. Así, en la perspectiva novelística de Calderón Fajardo, París se va vislumbrando, a su vez, como ciudad-luz-en-sombra, para descubrirnos un nuevo y revelador sentido del título «La noche humana».

La experiencia parisina de Calderón Fajardo es vertida con rabiosa pasión en los vaivenes narrativos del nudo de la novela, o sea, en «Los movimientos del silencio». En este espacio vale considerar una intención radicalmente literaria, que evita a toda costa una reconstrucción fiel y pormenorizada de la realidad que atormenta al escritor Antonio Salas. Calderón Fajardo, por medio de aquel, asume el rumbo de la creación con el mismo empeño, pero con mejor suerte que su malogrado personaje. Antonio Salas, protagonista del segundo capítulo, no consigue reencarnar plenamente a Gonzalo More, pero logra, al menos, quizá porque parece moro, atarse a una francesa marginal, una pied noire —ciudadana francesa que residía en Argelia y que se vio obligada a salir de ese país tras el asesinato de sus padres—, una bailarina de ballet que en principio se proyecta como continuidad física de Helba Huara y que después se perfila como extensión emocional de Milú, hasta concluir la transformación y culminar la identidad Yvonne-Milú. Así, Calderón Fajardo flexibiliza y potencia la dimensión de sus personajes en otros sujetos de ficción con el objeto de exorcizarlos de sí mismos. Suerte de versión narrativa de lo que en psicoanálisis se denomina «transferencia» —ideas o sentimientos derivados de una situación anterior, que el paciente proyecta sobre su analista durante el tratamiento, del que es parte esencial— para «curar» al personaje de todo aquello que lo hace infeliz en cuerpo y espíritu.

Calderón Fajardo se proyecta o refleja en Antonio Salas y Carrasco F. no para ocultar su identidad sino para sortear lo biográfico y ser más fiel a sus recuerdos, es decir, a como él ha memorizado sus andanzas para convertirlas en referentes personales o experiencia. Encarnado como uno u otro —aprendiz de escritor o escritor joven— supera la necesidad de distraerse en detalles —el principal conflicto de Antonio Salas que luego heredará Carrasco F. cuando conozca a Yvonne y se involucre con Milú—, con el claro sentido de ofrecerle al lector un mayor ámbito de exploración, interpretación y responsabilidad para relacionar creativamente los hechos y las reflexiones. Así también encontramos a Julio Ramón Ribeyro, con nombre y apellido, en «Los movimientos del silencio». Es el Virgilio que guía a Antonio Salas hasta la madre del cordero de la historia que lo obsesiona: Helba Huara, en una tertulia en casa de la rusa Désirée Lievan. Luego Ribeyro aparece convertido en Pedro Pablo J. en «Vida interrumpida», pero ya no como guía y maestro literario sino como otro condenado a muerte, y atrapado al igual que Carrasco F. y Amador R. por los encantos de Milú, quien, a su vez, arrastra y encarna la tradición de la bohemia peruana en París a lo largo de medio siglo.

Esta estela de personajes que dejan de ser para asumir otras formas e identidades de un capítulo a otro, para ser los mismos, después de todo, escribiendo la misma historia, pero, sobre todo, viviendo el mismo sufrimiento y orgasmo, le confiere a La noche humana una muy particular manera de referir la realidad en términos novelísticos. El autor ofrece al lector una concepción de ficción realista poco ortodoxa tanto por su desarrollo narrativo como por el arte poético que se filtra subrepticiamente a través de Antonio Salas y Carrasco F. en sus devaneos literarios. Postura arriesgada y valiente hasta donde lo permite el género, pues fuerza el realismo literario al punto de casi quebrarlo. Logra, así, un realismo inteligente y nada mezquino, que nos muestra una realidad más plena —holística, además de lógicamente secuencial y predecible—. Y lo mejor es que no repite fórmulas seguras para intentar publicar en España: como ambientar una novela en un pueblo peruano remoto, controlado por terroristas y narcotraficantes, y apoyar su historia en temas periodísticos —secuestros, corruptela política y fosas comunes—. Tampoco opta por apuntar a plantillas para contentar a quienes creen que el trabajo literario solo es serio cuando se «clona» ciertas obras que han pasado a ser monumentos ideológicos que no se pueden cuestionar porque dan luz sobre el Perú profundo, denuncian la injusticia social, muestran la violencia del tiempo o tratan de precisar «desde cuándo estamos jodidos».

Calderón Fajardo no duda en tomarse varias licencias para ser fiel a sus principios de narrador comprometido con una estética y un código que le permite profanar la hoja en blanco. En efecto, es un escritor que no atiende al marketing editorial ni a las fórmulas de éxito de venta que imponen los sellos y certámenes comerciales. En La noche humana, prevalece lo literario, aunque el riesgo sea la indiferencia de los críticos acostumbrados a escritores embriagados por estar a la moda o concentrados en alimentar una hoja de vida que satisfaga a sus agentes literarios del otro lado del charco.

A manera de desenlace, «Vida interrumpida» lleva al paroxismo el desarraigo y la añoranza. La enfermedad y la muerte, elementos muy presentes en la acción-reflexión y en los diálogos de los personajes, cumplen finalmente una función redentora en la tríada Carrasco F.-Pedro Pablo J.-Amador R. ante la figura casi sobrenatural de Milú, la gran sobreviviente a los horrores de la guerra, la ignorancia y el desamor. Desde la visión mítico-histórica de Robert Graves, Milú sería una mujer arquetípica, es decir, la «Hembra»: «Es la triple diablesa que se presenta al hombre caído como madre, novia y amortajadora. El primero de los cinco días hila la hebra de su vida; el segundo lo halaga con la esperanza de la fama; el tercero lo corrompe con su lujuria; el cuarto lo arrulla en el sueño de la muerte; el quinto llora su cadáver.» Milú —máscara de París— es así y más inquietante aun, quizá desde el origen de su supervivencia, posiblemente cuando logra trascender el deseo físico de poseer a Helba.

En La noche humana, Calderón Fajardo muestra una historia con el necesario color local como para traslucir lo peruano, pero con el suficiente criterio como para evitar la escenografía costumbrista y folclórica de un grupo de peruanos en París —la cual, a propósito, se ofrece desprovista de la Tour Eiffel y otros lugares comunes de la otrora Ciudad Luz—. Tan universal como peruana, La noche humana es una novela clave en la biobibliografía de Carlos Calderón Fajardo, escritor que se ha hecho de un lugar prominente a fuerza de no dejarse vencer por un espacio literario en el que la banalidad y la falta de oficio se pasa por alto porque se prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Autores varios. 17 fantásticos cuentos peruanos. Antología preparada por Gabriel Rimachi y Carlos Sotomayor. Editorial Casatomada. Lima, 2008. 225 pp.

Gracias a la iniciativa de Carlos Sotomayor y de Gabriel Rimachi, nos es posible celebrar la aparición de un libro que agrega importantes puntos al muy reciente —y creciente— interés por atender la tradicionalmente ninguneada producción nacional de relatos no realistas. El título —cabalístico y obvio— subraya lo cuantitativo, pero lo mejor de todo es que se trata de un proyecto que promete, por lo menos, una segunda parte. Esto supone evidentemente un necesario trabajo de exploración y rescate de propuestas que, si no estuvieran presentadas desde la perspectiva de una antología de cuento fantástico, correrían el riesgo de pasar inadvertidas. Y en este detalle está el aporte de esta flamante publicación de Editorial Casatomada.

17 fantásticos cuentos peruanos es una reunión de, como lo advierte el título, el mismo número de relatos de sendos escritores nacionales, que aparecen en este orden: Carlos Calderón Fajardo, José B. Adolph, Enrique Prochazka, José Güich, Carlos Rengifo, Ricardo Sumalavia, quien escribe, Víctor Miró Quesada Vargas, José de Piérola, Gonzalo Málaga, Marco García Falcón, Santiago Roncagliolo, Fernando Sarmiento, Jeremías Gamboa, Julio César Vega, Lucho Zúñiga y Johann Page.

A fin de que el interesado pueda tener una idea del tema y tratamiento narrativo de cada relato de la antología, conviene hacer algunas precisiones sobre lo que se entiende y debería entenderse por literatura fantástica. Por lo general, los especialistas en teoría literaria no consideran que lo fantástico sea un género sino, más bien, un tipo de ficción. En estricto, el género es la novela, el cuento, el ensayo, la poesía, es decir, cierta forma o manera en que un escritor presenta a un lector su materia literaria. Por tanto, es mejor hablar de ficción fantástica, con lo cual abarcamos géneros y, sobre todo, una cosmovisión creativa en el ámbito literario, una actitud no pasiva ante las «inexorables» leyes del mundo físico. Así, además de expresarnos con corrección y propiedad, le damos un matiz de postura estética a quienes caen o resbalan —que son más de lo que uno imagina— en este tipo de obras de ingenio.

Aun así, el concepto de literatura fantástica es vago. Con mayor rigor, pero sin ánimo de ser cerradamente académico, vale considerar como expresiones de lo fantástico el terror (en particular lo gótico), el absurdo, lo insólito e incluso la ciencia ficción (aunque para muchos se trata de un tipo independiente de ficción, como lo real maravillo en el caso de la ficción feérica).

[1] En «El hombre que mira el mar», Carlos Calderón Fajardo nos sumerge literalmente a un mundo marítimo de extensiones oníricas. Este autor plantea poéticamente un juego muy interesante: lo que parece ser un peligro no es otra cosa que una experiencia plena e íntima entre un ser racional y un organismo marino —la medusa—. Hermosa y extraña metáfora que concluye con un intercambio de gestos que invitan al lector a retomar el cuento para descubrir ciertas pistas que se pasaron por alto.

[2] José Adolph, con fino humor e ironía, participa con un texto aparentemente ligero: «No creas en cuentos de perros». Nada más equivocado. Adolph lleva al lector hasta donde le permite la imaginación, sobre la base de un conocimiento científico que desemboca en un curso de filosofía del lenguaje, a una muy amena reflexión sobre la psiquis canina, su pensamiento lógico y su incapacidad para distinguir la vigilia del sueño. La lección queda clara con un divertido y sorpresivo final de último renglón.

[3] «Tú, que entraste conmigo» de Enrique Prochazka es el texto perfecto para iniciar una discusión sobre la relación entre la ficción fantástica y la ciencia ficción, prurito que corre el riesgo de ser una estéril discusión entre marcianos. El autor va revelando sin que el lector se dé cuenta un mundo insospechado, por medio de un discurso entre iluminado, erudito y lúdico, que se vierte en el diálogo entre un hombre y una mujer. Como los mejores, Prochazka le rinde inspirado culto al poder de la palabra.

[4] En la misma frontera que separa (o vincula) la ficción fantástica y la ciencia ficción, «Los pilotos del templo de piedra» de José Güich es un angustiante relato de un grupo de aviadores que vive un cautiverio semejante al mito de Sísifo. La disciplina militar va cediendo ante la evidencia de que «seres superiores» controlan la realidad con su tecnología. Y al igual que en el ensayo de Camus, Güich recrea la metáfora del infructuoso esfuerzo del individuo que gasta su existencia en un trabajo improductivo.

[5] En el ámbito del terror gótico, Carlos Rengifo desarrolla una historia cuya lógica pesadillesca deviene en una inquietante y paulatina transformación del protagonista. El título, un tanto cinematográfico —«Criaturas de la sombra»—, previene al lector en alguna medida sobre el pulso espeluznante del relato, pero es con la lectura que tales indicios se potencian renglón tras renglón hasta la aceptación de un triste e insuperable estado físico: la degeneración del sujeto en sórdida, callejera y vil materia.

[6] Seis microrrelatos del libro Enciclopedia Mínima de Ricardo Sumalavia dan un muy interesante valor agregado a 17 fantásticos cuentos peruanos. «Verdaderas amigas», «El alma de la fiesta», «Almas perdidas», «La niña ante el espejo», «Mal sueño» y «Reliquias» constituyen una brillante constelación. Los textos de Sumalavia, entre la sugerencia y la insinuación, consiguen plantear y resolver en contundes palabras y pocas frases el quiebre de la realidad que caracteriza a muchos relatos fantásticos.

[7] Respecto a mi cuento «Entre dos eclipses», debo confesar que nunca tuve muy claro si se era estrictamente una ficción fantástica o realista (para esto último habría que aceptar al grueso del cuerpo de texto como un sueño o una alucinación). Por contagio, si se lee en el contexto de esta antología, el lector quizá no dude en conferirle la etiqueta de fantástico. Habría que leerlo en laboratorio, a salvo de cualquier virus o germen fantasioso. O, mejor, en una antología de ficción realista titulada 17 veces 17.

[8] «El riesgo de ser personaje» de Víctor Miró Quesada es un texto equilibrado y con buen enganche. El autor, con una prudente dosificación de la información, mantiene la expectativa hasta el desenlace. Así, el suspenso de este relato, que lleva irremediablemente al lector a asumir el quehacer literario como una experiencia reveladora, se torna en una estocada fatal, tras un derrotero que nos ha permitido reflexionar en torno al ejercicio de la ficción y su incumbencia en la realidad.

[9] José de Piérola plantea cómo un objeto común e insignificante puede convertir una existencia gris y anodina en una vida, de pronto, azarosa, agitada y llamativa. «Lápices» nos muestra con esmerada sencillez y prolijidad el conflicto entre la creencia y la ciencia. Lo fantástico —apenas una sutil descripción de cómo unos pequeños lápices se liquidan en la garganta del personaje para ser tragados por este— resulta un cándido pretexto para explorar la alegría y el terror de ser y de la existencia.

[10] «Speechman» de Gonzalo Málaga es una desgarradora farsa gótica que indaga en los límites de tolerancia de una pareja, víctima del elocuente e inoportuno Speechman. Málaga combina dos recursos de la ficción fantástica con gran acierto y cálculo: el absurdo (kafkiano) y el final sorpresivo (cortazariano). La combinación no solo resulta conveniente sino que le permite un final tan dramático como esclarecedor, que explica la esencia textual del personaje cuyo nombre es el título del relato.

[11] Marco García Falcón, autor de «El resplandor de Céline», ofrece un muy consistente relato sobre la atracción entre un estudiante de artes plásticas y una modelo que habita en la escuela. Podría pensarse que se trata de un cuento realista, pero la cita del místico y teósofo Emanuel Swendenborg nos anuncia el quiebre de la realidad: «No a cualquiera le es dado reconocer una aparición maravillosa». Declaración que cobra vigencia páginas más adelante cuando Céline —como un leve resplandor— se borra.

[12] Con «El pasajero de al lado», Santiago Roncagliolo le propina al lector un cruento golpe en forma de develamiento narrativo. Lo que parece un efectivo flirteo entre una rubia y un turista en un ómnibus urbano se convierte súbitamente, tras guiños, miradas de rabillo y rubores, en una dolorosa y tétrica revelación. Se trata de un gótico diurno que estremece por el modo en que se refiere la muerte y la experiencia metafísica que aquella supone. En suma, un texto muy fluido, directo y precisamente desgarrador.

[13] «La última risa» de Fernando Sarmiento es una fehaciente demostración del vigor de la narrativa peruana, a la cual ningún tema le es ajeno. Podría decirse que este relato es el más realista del conjunto: no hay nada en él estrictamente imposible, salvo que admitamos como real la existencia de Bruno Díaz y Batman. Lo gótico no solo está marcado por los elementos truculentos del cómic sino por la decadencia misma del gran héroe, quien se encuentra condenado a muerte y perturbado por el inmortal Guasón.

[14] Jeremías Gamboa ha concebido su «Evening interior» para sorprender doblemente al lector. Lo que inicialmente se presenta como un juego voyerista entre un hombre y una mujer, deviene en supuestas escenografías con sendos maniquíes enfrentados, para ser personajes de un cuadro muy distinto al de aquella realidad comercial. Gamboa, no obstante la quiescencia de los personajes, le confiere dinamismo a su texto mediante un «paneo» mental que se entremete en las presunciones del sujeto.

[15] Julio César Vega ofrece un cuento intensamente hilarante y, al mismo tiempo, pesaroso. «El gato del abismo» es la historia de un suicida que, por causa de un ángel de sexo femenino, no consigue llevar a cabo su propósito. Entre una dramática miseria, la culpa cristiana por fornicar con un ángel y la imparable promiscuidad del ser divino, el personaje deja de ser un payaso de sí mismo y de otros, para regresar al mismo punto en el que se inicia la historia, quizá para acabar con lo que desea reanudar.

[16] «El bote» de Lucho Zúñiga enfatiza en la idea del escritor-dios que decide el destino de sus personajes y prueba la entereza y fe de estos en una cada vez más intolerable situación limite. Más allá de la anécdota y del sentido estético y filosófico del relato que aquella implica, Zúñiga consigue dibujar una escena con ciclos de tensión muy bien logrados. Y toda esta expectativa que lleva a suponer un final catastrófico se diluye en la esperanza real o ilusoria que parece dibujarse en el monótono horizonte.

[17] Con un típico título existencialista, «El muro», Johann Page muestra un muy particular límite entre la realidad y la ficción. La construcción del muro es una absurda y vigente metáfora de la respuesta colectiva ante una amenaza fantasma, y se vuelve más irracional aun cuando el único constructor sobreviviente, ya casi identificado con su mutante obra, descubre que el mundo es una red de muros en competencia. Incisivo relato, con efectivos elementos góticos, sobre la paranoia social.