viernes, 18 de mayo de 2012
Autores varios. Las mil caras del monstruo. Sevilla, Bracket Cultura, 2012. Edición y prólogo de Ana Casas. 168 pp.
martes, 15 de mayo de 2012
José Córdova. Animal desbocado. México DF, Proyecto Literal-Colección Limón Partido, 2012. 94 pp.
jueves, 10 de mayo de 2012
Miguel Ángel Vallejo. La elefanta Flor conoce a la elefanta Phūla. Lima, Ediciones Altazor, 2012. 112 pp.

Miguel Ángel plantea, sobre la base de un conjunto de conocimientos y prejuicios que el lector —grande o chico— maneja acerca de los elefantes, una historia relativamente verosímil y tan fantasiosa como imaginativa sobre cómo superar una pesada enemistad. La elefanta Flor, que habla y razona con un nivel muy sobre el promedio que el de un político de esos que llegan a calentar asientos a nuestro Congreso, tiene el don de transformarse voluntariamente en flor, y presenta, además, la graciosa particularidad de decir «nu» en lugar de «no». Una historia para niños debe encantar a su público objetivo justamente por la historia, la cual tiene que ser fluida, en realidad, lo más fluida posible sin llegar a ser ligera ni banal, y estar salpimentada por anécdotas, gags, chispazos filosóficos que no parezcan chispazos filosóficos y disparates al desgaire que aporten a la trama de fondo, pero sin caer en el vicio de que sostengan el desenvolvimiento de los hechos. Miguel Ángel sabe de estos artificios para enganchar narrativamente a su público, para no distraerlo en asuntos adjetivos y accesorios, pero en La elefanta Flor conoce a la elefanta Phūla, además de cumplir con estas pautas narrativas y lúdicas propias del código infantil, se percibe cierta atmósfera como una suerte de valor agregado, que acerca particularmente al lector (u oyente) a la historia. El empleo de una primera persona plural, un nosotros muy sutil que aflora con cierto ritmo en clave de complicidad, refuerza el nexo entre el narrador y el lector (u oyente). Por medio de este nosotros algo chismoso y deslenguado nos enteramos de ciertas incomodidades de la elefanta Flor ante la elefanta Phūla. Lo cierto es que la elefanta Phūla es un personaje engreído, soberbio y vanidoso. Un perfecto antagonista que perturba la paz y armonía que irradia la elefanta Flor. Phūla es una exitosa actriz de Bollybood, una diva de armas tomar. Se las sabe todas para mortificar a la elefanta Flor, a quien conoce en circunstancias un tanto ridículas para esta, pero que serán determinantes para el final de la historia, en un remate muy dramático en el que convergen casi todos los conflictos de la narración para una solución de amplia base y muy satisfactoria. Resulta interesante como Phūla empieza a cambiar. Ella, que también tiene el don de transformarse en flor (en loto, la flor sagrada de la India, de ancestrales resonancias simbólicas), consigue hacerlo, además, internamente. Es decir, se convierte en mejor persona animal, o sea, elefanta. Pero su cambio no es completo ni absoluto porque las personas y los elefantes no cambian de un día para otro, aún le quedan ciertos tics de antipatía, de peligroso veneno femenino. (No hay que olvidar que el cerebro de un elefante pesa cinco kilos… así que cuando utilizan su inteligencia para asuntos no muy santos más vale estar lejos.) Lo importante es que Phūla reconoce su falta y es capaz, al menos, de pedir disculpas. Digamos que aprende a ubicarse. Y la elefanta Flor, por su parte, también cambia: aprende a defenderse y a poner en su lugar a la pesada de Phūla, de hecho, consigue controlar mejor su transformación física en flor, lo que redunda en una mejoría emocional y viceversa. Y tras todo esto el lector sospecha que hay algo más que se escapa, que es inasible y que tiene que ver con chispazos filosóficos y místicos muy bien camuflados. Miguel Ángel se ha preocupado en mostrarnos, sin efectismos ni rimbombancias, por medio de pistas y guiños varios, la vastedad metafísica de los indios y de la cultura hindú, sin que suene a lección que uno debe aprender para un control de lectura. La información y las reflexiones son pinceladas sutiles que van delineando las acciones, los personajes, los escenarios y, sobre todo, las ideas narrativas. Y aquello que se escapa a nuestra razón, que resulta inasible a nuestro entendimiento, consigue agazaparse como una doctrina profundamente humana que trata de restablecer las relaciones entre los individuos y su entorno cultural y natural. Casi se oye el susurro de la revelación: a la naturaleza no hay que maltratarla ni dominarla… sino comprenderla, amarla y saberla transformar para restablecer el único orden que puede hacer de la humanidad una carga menos pesada para el planeta.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Juan Ramírez Biedermann. Plegaria de penumbras. Lima, Ediciones Altazor, 2011. 160 pp.
martes, 29 de noviembre de 2011
John R. Ancka. Leyendas de venganza. Lima, Ediciones Altazor, 2011. 187 pp.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Julia Wong. Un pequeño bordado sobre la vergüenza. Lima, Matalamanga, 2011. 66 pp.

Julia Wong ha convertido los actos más anodinos en estampas estremecedoras. Ha delineado probablemente bajo extrañas influencias astrales imágenes de inusual factura, utilizando palabras elementales, sencillas y de sospechosa cercanía. Para esta poeta, la vida es una narración cuyo pivote creativo permite giros verbales que en una plana percepción serían escrituras automáticas o cadáveres exquisitos. Pero las corrientes subterráneas de su poética revelan que no hay lugar para palabras escritas fortuitamente ni temas echados al azar, pues tras cada figura hay una razón; tras cada razón, un símbolo; y tras cada símbolo, una figura denudada por descubrir o descifrar.
La construcción de sus versos —por momentos accidentada, a veces insidiosa, casi nunca malversada— supone cierto enrarecimiento que nos obliga a torcer la boca, a paladear con temor algo que aún permanece vivo aun al entrar en contacto con nuestra lengua, mientras los dientes están a punto de partir aquella existencia huidiza y crocante, cuando no sedentaria y coloidal. Y hay una extraña sombra en todo este constructo estético y los títulos poco ayudan. Por el contrario, son como los letreros de los cuentos de hadas que envían a los niños buenos a la casa del ogro y a las chicas malas a ser plenamente felices en una comunidad de liliputienses, o viceversa, para no pecar de sexista.
Wong es una escritora que de manera difícil se conforma con una explicación poéticamente inteligente, extravagantemente ligera, arbitrariamente efectista. Lo obvio es la verdad incómoda que la obliga a buscar la otra respuesta, el esclarecimiento inverosímil que le da sentido a su mundo al revés, a su lecho de aclaraciones urticantes o a la magnífica constelación de recuerdos robados, aunque para ello tenga que arrancar clavos con su propia boca y torcerle el cuello a alguna metáfora sobre la muerte o el amor. Wong lucha contra su misma piel, ataca sin piedad nuestros ripios de inocencia, se enfrenta a las tiranías de la naturaleza, y lo más grande: hace de sus rasgos una estela magnífica de su información genética. Ella sabe muy bien quiénes son sus enemigos ancestrales, quiénes son los asesinos futuros que irían por sus órganos y su sangre mientras duerme y vive el irrefrenable desapego que ello implica. Pero no es vulnerable mientras escribe. Limpia sus armas mientras lima sus uñas y se prepara para dar el arañazo definitivo. Y no es una mujer fatal con un cursi manto de rosas o una coraza de fragancias. Nada más grosero. La fatalidad está hecha por otros hilos e historias. Con ella van los claveles, y las claves de una mirada que llueve sobre orquídeas y ciudades en el vaivén de una historia que no se anima a desplegar por entero o a despuntar por partes.
Sus fantasmales demonios penden de la indiferencia que nace en el exilio mismo. Y Wong se levanta desde los andurriales y arrabales de su memoria, incluso desde las guerras de su misma sangre, para mirarse en los espejos del mundo y oírse en los idiomas que la construyen como mujer real, encarnada desde sus dudas y contradicciones hasta su más enrevesada capacidad de contemplar y transformar por medio de la palabra. Pero se parte, fracciona y divide para hurgar en malas ideas, para desvanecerse en penitencias y respuestas que la revivan justo en los bordes que la hieren.
Y Wong no se detiene en su marcha hacia su secreto centro. Cambia de rostros y de máscaras, e insiste, reescribe y reitera sus dramas en espiral. Una trascendencia en ascendente humo que expone pero no necesariamente explica porque solo el deleite es suficiente. Wong es una poeta sin miramientos, por eso avasalla con su carga de enumeraciones y sostiene el tiempo hasta el gesto irremisible, el que delata suplicios, dolencias y atavismos. Y su repertorio es un hábitat con palabras en peligro de extinción, vocablos amenazados por dedos venenosos y gramáticas que obligan a deshojar margaritas.
La poeta se impone para salir del laberinto. Los taxis podrían ser la mejor solución para escapar de los minotauros, pero sus conductores pueden ser más bestiales y fieros en el ejercicio de sobrevivir, en el arte de la supervivencia, donde todo es posible, incluso embaucar a Dios en el careo ante la nada. La poeta se impone y se realza, pues tiende y sigue el hilo, teje y desteje su espera fiel, así como su eterna y desleal llegada. Pero el laberinto son sus ciudades amadas, con sus personas convertidas en mariposas, los fonemas germánicos, los olores que persigue y la magia con que cura sus heridas y rencores. El laberinto es ella en la dimensión de su deseo, es ella y otra en el ámbito de su asombro, es ella y nadie ante el espejo que la afirma como escritora original.
Wong se toca a sí misma y se transforma en una memoria de las cosas inservibles.
Wong mira hacia atrás y se salva de ser estatua de sal.
Wong permanece en silencio porque sus versos parecen bullir.
Entonces su libro se pliega desde su transparente ombligo y todas sus palabras cobran un nuevo sentido que obliga a una relectura. La poeta arriesga su cordura, apuesta por sus raíces y juega a los dados con su doble. Pero la poeta también quema sus naves, ajusta sus clavijas y se rasga las vestiduras. Y, no obstante poner los puntos sobre las íes, hace también todo lo contrario, hasta exudar patrañas, exorcizar ángeles y demonios, y fabular grandes nimiedades.
Sopesar una obra de naturaleza tan imbricada es casi tan complicado como cazar lagartijas con aviones de papel. Pero, al menos, el título se decanta de tanto insistir e incitar la imaginación. Se trata finalmente de intervenir sobre una trama sin el trasfondo del presente. Lo insignificante es decisivo en este horizonte indesmallable (sic) y todo indica que Wong nos propone una carta sobre una mesa vestida. Este es el detalle que distraería nuestro rito del hacer o del actuar, pero que le da un completo sentido a la quietud que se desliza hasta invadir cada miembro y pensamiento. La vergüenza es el plano que arremolina, la miel que atrae las moscas. Pero la vergüenza puede ser también el pretexto, la referencia que se filtra a través de los cinco o más sentidos. Y bordar es un viejo arte. Es poesía sobre tela y sin usar palabras ni otro código lingüístico. Arte puro en solitario y en intenso diálogo con uno mismo. No monólogo sino soliloquio. Y Wong sabe del misterio tras cada puntada de color, forma y textura. Sabe que esta turbación del ánimo anida cerca de nuestros ojos para horadar sin piedad como la peor andanada que nos censura hasta deshacer nuestros huesos. Sabe qué preguntas formular, qué verdades responder, qué mentiras exhibir. Y sabe que escribir es reinventar el mito que la sustenta desde su más absoluta debilidad. Y cuando calla, todo este saber, toda esta sabiduría la fortalece hasta el punto de cambiar de piel, de transformarla en una Julia Wong con una mirada más penetrante y osada, pues denota el alivio de padecer menos inquietudes.
domingo, 31 de julio de 2011
César Eduardo Carrión. Cinco maneras de armar un travesti. Arequipa, Cascahuesos, 2011. 126 pp.

César Eduardo Carrión, en líneas generales, nos propone cinco estadios para sendos actos de lo que es una trepidante y dinámica puesta en escena llamada Cinco maneras de armar un travesti. El escenario es, por momentos, tan minimalista como la más compleja tradición de la poesía japonesa y, por otros, muy semejante al horizonte barroco y neobarroco de las letras hispanas: horizonte de crisis, transfiguración del ser y trastrocamiento de la identidad. Pero, sea cual fuere el artificio espacial diseñado por el poeta, aquel se despliega en variaciones que acentúan su naturaleza o distorsionan o quiebran sus propósitos, hasta el punto de aludir a una realidad tan poliédrica como simbólica en grados sumos.
Pero antes de continuar en indagaciones y divagaciones en torno a los alcances estéticos de Cinco maneras de armar un travesti, conviene desentrañar el acertijo que propone el título del libro, más aun si este no es un manual práctico para pertenecer o integrar el mundo LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) ni, mucho menos, una guía ilustrada para decorar las vitrinas de una zona rosa. En principio, estamos ante una intrigante provocación, frente a una propuesta que nos invita a tantear las posibilidades de, como aconsejan con insistencia los libros de autoayuda, pensar fuera de la caja. La invitación es clara para el lector, quien hallará cinco actos de esencia teatral, con sus respectivas didascalias, es decir, indicaciones añadidas al texto que señalan las particularidades de la puesta en escena, para armar —montar, construir, articular, formar— un travesti, o sea, una persona que, por inclinación natural o como parte de un espectáculo, se viste con ropas del sexo contrario. Estamos pues ante la ficción de una representación, en algún sentido una transgresión de la identidad y, en muchos aspectos, de una proyección del descubrimiento del otro, del distinto, raro o extraño a uno, exquisita metáfora de la apropiación de otras poéticas y su devenir.
Sin duda, la identidad es la clave del poemario y quizá su tema eje. Muchos autores siembran consciente o involuntariamente la clave de lectura ideal de su obra en algún lugar del cuerpo de texto. En el caso de Cinco maneras de armar un travesti la clave se localizaría en el ombligo o centro del libro, la «Tercera Gran Didascalia» (pág. 61), cuando el poeta le formula una pregunta nada retórica al místico y metafísico Plotino: «¿A mayor memoria, mayor identidad?», cuestionamiento precedido por un inteligente anacronismo, y sucedido por una solicitud entre el mandato y la sugerencia: «A mudar, entonces, Plotino. Muda de piel y de abismos, muda de voz y disfraces». Identidad en el cambio y la mutación, se entiende. Identidad transfigurada y llevada a límites impensables en los que los juegos verbales no son fuegos de artificio sino verdaderas llamas e incendios que fundan y refundan la realidad de palabras que subyace a toda ficción con pretensiones estéticas.
Veamos a continuación la propuesta de Carrión en cada acto de Cinco maneras de armar un travesti.
En general, distinguir las voces en este libro es imprescindible para advertir la riqueza de cada verso. Pero las voces del Apóstata y del Corifeo no son estrictamente puras. Esto se advierte desde el Acto Primero, donde lo moderno-tecnológico compite con lo libre-natural, en una supuesta reescritura de la historia del conocimiento y, sobre todo, del buen gusto. El Corifeo, por momentos una verdadera pulga en la oreja del Apóstata, desmitifica las rimbombancias poéticas de este en una suerte de remasterización poético-semántica, a partir de un código que busca reducir interpretaciones hasta lograr la univocidad irrestricta. Los volcanes compiten con los edificios, pero igual hay estrépito y se dibuja una realidad forzada al punto del disfuerzo. La cordillera andina refulge como una columna vertebral que define una América que eclipsa al mundo. La crítica a la globalización gana terreno en diversas tradiciones y registros: el maíz, el verdadero oro, como lluvia dorada que bendice al poblador americano. Nuestra realidad no se explica solo por el aporte occidental, es más amplia, ancestral, sabia e interesante, incluso cuando cae la cuarta pared del teatro del mundo y los espectadores-lectores empiezan a ser víctimas de sí mismos. Lo elevado y lo sórdido pugnan por el espacio poético: se cuenta la Conquista de América mientras se ironiza lo cursi y establecen distancias estéticas para distinguir a Adán de Eva. El regreso al útero podría explicar nuestra naturaleza cambiante, así como el pasado maldito se replantea en un mito que se relaciona con el aumento de muertes cuando se apagan las luces del escenario. Y no es solo instinto creador. Carrión recurre a descomposiciones silábicas y a versos flexibles que nos hacen pisar tierra, en un mundo fragmentado y en escombros, de fractales y de queloides que precisan nuestra naturaleza mortal, escindida y desastrosa.
El primer travestismo ha ocurrido y el lector se prepara para el Segundo Acto, pero esto implica una actitud diferente, una sensibilidad más allá del lenguaje. Ahora la voz es la de un Leñador, pero esto no es de ningún modo un hilo conductor de fiar. Todas las voces en una, como todos los fuegos, se elevan, buscan el arriba, una construcción sólida de piedra, desde la palabra, aunque el misterio estorbe y el espacio en blanco sea una reiterada invitación para el lector. Pero el arriba es impensable sin el abajo. La altura exige ciertas prohibiciones y referencias muy técnicas, en tanto que el cielo interviene sobre la tierra, como nube, rayo o lluvia. Somos observados, vistos trascendentalmente, y la explicación es un despliegue gráfico sobre la hoja. Se busca desesperadamente una revelación en sintagmas atropellados, en bisagras temporales, en contrastes semánticos que ironizan nuestros reflejos, en un oxímoron inolvidable («querube leproso»), hasta la degradación: una escena final que implica el cruce de nuestro mundo con la jerarquía divina, y en esa intersección se encuentra la madre, toda una quintacolumnista, entre otras explicaciones y símbolos, como la inminencia del relámpago.
El Acto Tercero implica un verdadero acto de fe poética. Las voces son del Librador (trasmutación del Apóstata) y el Corifeo/Apuntador, o sea, personajes transfigurados. Este último empieza con una descripción simbólica que páginas más adelante se decodificarán sorprendentemente. Mientras tanto, lo que intuimos a priori bastará para sostener nuestra lectura entre los fuegos e incendios, pues la pradera arde como fruto de un rito y como resultado de una devastación. Se trata de un largo poema que muchas veces se suspende en dos puntos o en una conclusión pendiente. Estamos ante una continua transformación de la naturaleza, con sus guerras, conquistas y sometimientos, con sus rituales y oraciones, con una reiterada crítica a la fe y también a la razón porque nada es suficiente ni pleno. Aparte de juegos metatextuales y salidas autorreferenciales, se busca una gran respuesta en lo mítico-histórico. Las parcas aludidas en el testimonio del Corifeo/Apuntador tienen una trascendencia más allá del destino. De repente en el mito de la caverna (en realidad una alegoría) porque es más que una explicación platónica. Es quizás el eslabón perdido que nos da luz sobre nuestro afán por capturar la naturaleza o llegar a una próxima conclusión, una plena explicación simbólica-sexual sobre la ley, la religión y la expresión creadora. Revelación que concluye en el fuego purificador propio de un rito con trasfondo estético: una fogata en el útero de una montaña rodeada por hombres que acaban de descubrir y asombrarse de su naturaleza cambiante.
La Cuarta Gran Didascalia es un arte poética que brinda el marco ideal para el Acto Cuarto. El epígrafe de Octavio Paz («falo el pensar y vulva la palabra») nos lleva a dar un giro mental que se hace tangible en noventa grados por la orientación que cobra el libro. Se trata de un cambio de eje, de hacer evidente el plano terrenal del poema, donde es más oportuno discriminar el adentro y el afuera, la hembra del macho en el machihembrado, hasta el establecimiento del espacio político de América, luego de un paciente moldeado de palabras. En este acto, el parir y el nacer es parte de una continuidad lógica, en la que el fuego continúa siendo un cuarto elemento de trascendental importancia para aspirar al arriba, hacia un espacio más amplio para hallar el sintagma exacto («Enrojece mi palabra»). En un baile de izquierda a derecha y viceversa, se propone un vaivén conceptual, e incluso una enumeración caótica de correspondencias entre opuestos no necesariamente complementarios. Los versos, quizá los más densos y lacerantes del libro, apuntan a ensimismar e interiorizar una estética para el autodescubrimiento, en dos tiempos, como una voz entre dos voluntades. Así, la palabra nos construye como ser ante el edificio de la poesía, nos definimos ante el otro en sucesivos ataques «sinestésicos», hasta establecer las diferencias a partir de lo sutil («consumadas/consumidas»), en un territorio donde la ceguera edípica tiene su contrapeso en el silencio divino —el aspecto más obvio de la quimera travesti— a la sombra del fuego.
El libro se cierra con un quinto acto (Último Acto), la sección más breve y electrizante del poemario: una suerte de díptico a dos voces (uno es Panurgo; el otro, Príapo), que de algún modo sintetiza los actos anteriores, pero también los reimpulsa y reverbera hacia lindes que dan más color a una puesta en escena ya rica en libertades cromáticas, en floraciones intensas en fuego y pasión. Una intensa búsqueda o, más bien escape, a través de la sordidez y promiscuidad, en la que apenas es posible salvar el pellejo del fuego de la calentura sexual, en una feria de sinónimos por abrazar y recubrir la piel toda de la poesía. Y poco antes del aterrizaje forzoso del remate final, todos los ejes como reflejo de todos los fuegos cimbreantes, en una travestida paz, se disparan hacia un discurso de la trascendencia donde falo (podría ser) la palabra y vulva nada menos que el pensar.
Con el poemario Cinco maneras de armar un travesti, Carrión nos recuerda que la poesía es uno de los más intensos ejercicios humanos y que, lejos de estar todo escrito por los cientos y miles de poetas que existieron antes que nosotros, incluso los que se encargaron de escribir nuestro destino o dar fe de nuestra absoluta libertad, hay aún malas y buenas nuevas bajo el Sol para sorpresa y deleite de la humanidad. Poeta de original estilo para buscar y rebuscar la verdad literaria debajo de los grandes, majestuosos y ruinosos monumentos de la poesía, César Eduardo Carrión se rodea, además, de maravillosos fetiches para hacer más inocente y maliciosa nuestra experiencia lectora en las arenas del goce de hallar una revelación que nos deje «sin palabras», nos haga más críticos ante la experiencia de redescubrir nuestros ombligos y nos lleve a entender el futuro como un replanteamiento creativo de nuestro pasado a partir de las manecillas del reloj presente que nos ha tocado.
miércoles, 6 de julio de 2011
Carlos Calderón Fajardo. La ventana del diablo (Réquiem por Sarah Ellen). Lima, Ediciones Altazor, 2011. 96 pp.

A diferencia de los vampiros anémicos, andróginos y afectados que pululan en las superproducciones hollywoodenses desde hace algunos años, La ventana del diablo (Réquiem por Sarah Ellen) de Carlos Calderón Fajardo se construye sobre personajes transidos y trágicos que insisten en la sobrehumana tarea de no resistirse ante la fatalidad. Pero conviene precisar que el infortunio del vampiro no es su jurado enemigo, o sea, la Iglesia católica y sus gruesas filas de curas exorcistas pertrechados con cruces y estacas y aguas benditas. En realidad, el gran drama del vampiro se relaciona casi exclusivamente con su identidad, con la incapacidad de contemplar su reflejo y regocijarse con el premio de haber conseguido beber de la fuente de la eterna juventud y, en cierto modo, de haber logrado transformarse en un ser inmortal, imperecedero, eterno, si evita con sabiduría un puñado de amenazas que podría convertirlo en dos libras de polvo.
Calderón Fajardo, que echó mano de la tradición vampírica y bebió de los principales registros literarios sobre el tema, ha compuesto una trilogía novelística de particular valor y trascendencia, pues esta no se erige sobre el obvio abecé o manual dirigido a principiantes para construir Nosferatus. Este escritor, que evade tanto lugares comunes como soluciones manidas para perfilar vampiros, ha llevado la ficción gótica a un punto de fascinante desarrollo metafísico sobre una visión y concepción doblemente inteligente de la realidad. Y esta es la clave que le ha permitido a Calderón Fajardo abrir puertas herrumbrosas, recorrer galerías en penumbra y sortear un sinfín de ritos y retos para desentrañar los principales códigos del ser vampiro, para traernos el fuego helado de su mirada, la pasión fría que controla sus sobrenaturales habilidades y el ímpetu oscuramente noble que dirige el éxito de sus principales empresas.
Calderón Fajardo hace gala de un manejo templado e ingenioso de la realidad. Esto, desde todo punto de vista, es la gran matriz de su narrativa, pero en el caso de la trilogía sobre Sarah Ellen resulta fundamental para no convertir su propuesta en una píldora multicolor para adolescentes lánguidos y ridículamente emotivos ni en una ponzoñosa bala de plata para avezados, prevenidos y maduros lectores. El autor ha ubicado en un justo medio una historia de raíces románticas, sin las cursilerías de la novela comercial de horror, para exaltar los hilos más oscuros que mueven la voluntad humana frente al control de la vida ante la amenaza de la muerte, para recrear la naturaleza sin llevarla a un plano burdamente sobrenatural. Y tratar, desde ese horizonte de eventos, de hallar algunas respuestas que expliquen la «angustiación» de la carne y las mortificaciones de la juventud y la belleza.
Tanto El viaje que nunca termina (La verdadera historia de Sarah Ellen) como La novia de Corinto (El regreso de Sarah Ellen), primera y segunda partes de la trilogía, sensibilizan al lector respecto a la noción de realidad. Esta se muestra dúctil, flexible, abierta a otros planos, experiencias y percepciones, incluso tolera la posibilidad del mundo paralelo o metafísico propio de la ficción fantástica típica del «género» de horror, sin que esto se convierta en una obsesión o compartimiento estanco. Pero no se trata de una trilogía secuencial o cronológica, mucho menos de una saga —palabra empleada con total falta de criterio por comerciantes de libros y distribuidores de películas—. Calderón Fajardo nos propone un tiempo adecuado para una realidad basada en un dinamismo potenciado por personajes que asumen diversas máscaras e historias. Los gusanos de la muerte, aquellos diseñados por la naturaleza para degradar cadáveres, para reducirlos a simples huesos, se convierten en agujeros de gusano, desprendidos de la física cuántica, para las existencias que viajan por el tiempo de la trama para desbaratar la dialéctica de cada libro, pero sobre todo de la trilogía como unidad, pues hay reiterados intentos por resolver en una forma superior el conflicto trágico del ser y no ser o del estar sin parecer. Y en este punto de absoluta incertidumbre cabe preguntarse: ¿el viaje que propone el autor realmente nunca termina o es que somos incapaces de verlo terminar?
La buena literatura, a diferencia de la literatura de autoayuda o para dummies, no responde ni explica lo obvio, lo patente ni literal, mucho menos conduce al lector a una receta de felicidad o le proporciona instrucciones para hacer legítima su rebeldía. La buena literatura sondea lo posible y hace de lo imposible una posibilidad en el ámbito del desarrollo de cada quien. La buena ficción no se ancla en la anécdota, simplemente despliega un tejido verosímil para experimentar una realidad rehecha con sus propias leyes y lógicas, normas y coherencias internas. La buena narrativa nos engancha desde la primera frase y cuestiona constantemente nuestra capacidad de asombro hasta la última línea, hasta el final de la historia, hasta el desenlace que se condensa en el remate.
La ventana del diablo, pieza brillante junto a las no menos contundentes El viaje que nunca termina y La novia de Corinto, es una propuesta literaria que se ajusta a una manera extraña de hacer ficción, sobre una base narrativa que quiebra academicismos y buenas maneras. Si en El viaje que nunca termina Calderón Fajardo nos desmitifica la figura del vampiro y en La novia de Corinto nos muestra una mujer vampiro desdoblada en su angustiante destino y nefasta revelación, en esta tercera parte encontramos un díptico que primero nos ofrece una exposición de hechos en función de reflexiones que nos preparan para una gran misión allende el mar y luego nos lleva a una travesía cuyo final es un espejo que se quiebra en incontables fragmentos antes de imaginar nuestra posible transfiguración. El autor nos ha tomado el pulso, pero no el pelo, y nos ha metamorfoseado en el protagonista, en Ismael Gonzales, que sufre la impronta de un tiempo que colapsa porque los gusanos empiezan a comerse a sí mismos y la nave —metáfora de un mundo que se desarticula y convierte en una sinfonía de ruidos terroríficos— nos lleva inexorablemente hacia un destino de trama indesmallable.
En La ventana del diablo, como suele ocurrir con los grandes mitos, los hechos mutan o devienen un acontecimiento paradójico e inexplicable, y en la fantasmática realidad de la nave del mismo nombre la historia se perfecciona a sí misma mientras en un supuesto contrasentido el artefacto se destruye por el oleaje, la aprensión y el abandono divino. Sarah Ellen y sus proyecciones tiñen de rojo cada gótico rincón de La ventana del diablo, mientras sus ecos reverberan en apariciones y sueños. Y paradójicamente la sangre no corre, y si hay víctimas, no son por mordiscos de vampiros ni por disparos subversivos o paramilitares, son por los fantasmas de narcotraficantes que se yuxtaponen a nuestra realidad de códigos estrictamente morales, pero poco éticos, con un aparato religioso concentrado en contar ángeles en la cabeza de un alfiler.
Pero no solo es el tiempo el que colapsa, también cierta ideología, en este caso, el pensamiento Gonzales. En realidad, el colapso de este sistema se produce en La novia de Corinto, de modo que lo que apreciamos en La ventana del diablo es al hombre desmoronado y desnudo en alma y pensamiento, al asesino expuesto a sus culpas y tormentos, y escindido de lo peor de su personalidad y naturaleza: Abimael Guzmán, líder terrorista derrotado por el sistema que él mismo subestimó y arruinado por la idealización de su secta sanguinaria.
Este sustrato de la realidad, confrontado por el jurado enemigo del vampirismo, la Iglesia católica, es el verdadero motor de La ventana del diablo. El sacerdote Alberto Urquizu, con su fe supersticiosa de raigambre medieval, perfecto para la estrategia narrativa de Calderón Fajardo, es el contrapunto castrante y la reserva moral que nos permite apreciar las contradicciones de Ismael Gonzales.
En la segunda parte, este panorama relativamente lógico se diluye a medida que la nave La ventana del diablo empieza a convertirse en la proyección de sus tripulantes y pasajeros. El desgaste y la decadencia de la primera parte se acentúan y mutan en descomposición, truculencia y perversidad. Es una realidad sin asideros. Incluso Maruja y Freddy se redimensionan en su insignificancia para convertirse en verdaderos villanos que afectan a Ismael Gonzales en diversos ámbitos. Maruja, ambigua de pies a cabeza, ha sido de algún modo producción de Sarah Ellen en la primera parte de la novela. Y juega a ser también Rosalía Espichán, el vehículo escatológico de La novia de Corinto, que libera y condena sucesivamente al protagonista. Freddy, por su parte, el chofer de mototaxi, muestra también sus cartas, credenciales y máscaras de médium, proxeneta, soplón, fantasma y narcotraficante, y quizás hasta de travesti en un juego con su amante Maruja bajo la influencia de Sarah Ellen en los momentos más críticos y góticos de la historia. Ser, parecer y desaparecer, mientras la nave fantasma es la sombra más oscura del capitán Diego Álvarez, en un intento por recomponer la realidad mientras vampiros, narcos, ex terroristas, fantasmas, condenados y muertos en vida cruzan las fronteras donde la palabra «esperanza» es más un acertijo en el viaje al reino después de una segunda muerte.
Carlos Calderón Fajardo concluye con poética destreza la trilogía novelística sobre la mujer vampiro de nacionalidad inglesa que resucitó en el imaginario de una comunidad en 1993 y que aún continúa fascinando con su aura de misterio y redención.
martes, 5 de julio de 2011
Andrea Cabel. Latitud de fuego. Lima, Borrador Editores. 2011. 72 pp.

Desde el título, Latitud de fuego, Andrea Cabel nos conduce a un ámbito en el que los más altos valores poéticos se rigen por la dimensión de uno de los símbolos más emblemáticos de la humanidad, sin que esta clave excluya diversos sentidos «menores» que explicarían transversalmente muchos misterios y claves desperdigados entrelíneas a lo largo del poemario.
Una posibilidad de abordar la riqueza conceptual de Latitud de fuego es atendiendo a la estructura del libro. Cabel nos propone un ritmo que trenza imágenes sugerentes que no se anudan ni enredan por el mero efectismo de impresionar al lector. La expresión honesta es el polo más saltante de la latitud poética, pero también el principal reto que enfrenta la autora para trasvasar su experiencia a un plano de confrontaciones sucesivas en el que no hay concepciones correctas ni certezas absolutas, pues se trata de una poesía que busca fundar una suerte de inocencia estérica en estado cero. Es decir, estamos ante una obra que nos invita a hacer tabla rasa de la tradición poética.
El libro cuenta tres partes: «La proporción de la belleza», «Latitud de fuego» y «Cartografía de una ausencia». Esta última presenta un quiebre o interrupción, denominado / sil . enc . io /, sucedido por una suerte de coda o supercoda constituida por cinco poemas.
Cabel, en la primera parte, establece sus principales direcciones y conflictos, en función de varios elementos propios de una historia tan traslúcida como inquietante. Dos personas, apenas dos pronombres: una segunda persona (el tú) del primer poema —“tres, tú” (p. 13)— frente a una primera persona (el yo) del segundo poema —“cinco, yo” (p. 15)—, con una acción mínima, en sendas escenas descritas con sobria prolijidad. En el primer poema se trata de un tú terrenal, horizontal, echado mientras el mundo transcurre: «el río consume las estrellas, / las gasta» (p. 13), como plantearía un Heráclito que, luego de observar la esfera celeste, se detiene a contemplar el fluir del agua. Desde este punto de partida, Cabel afianza un yo celestial, vertical, trascendental, erigido como un monumento místico para confrontar sensaciones y, sobre todo, mundanas experiencias.
En este contexto de descubrimiento del uno a partir del otro, desde un encuentro que combina imágenes oníricas con experiencias sensoriales, el tú y yo se fusionan y convierten en unnosotros del conocimiento. Se trata del poema en prosa “fragilidad” (p. 17): todo un preámbulo para el siguiente texto, llamado “despedida” (p. 19), que alude más al alejarse de uno mismo que respecto del otro, en una búsqueda o exploración que atraviesa incluso el mundo físico. En “cruce” (p. 21) se regresa a un nosotros, pero cortado entre sí por la trascendencia vertical y la visión terrena u horizontal. Se trata de un tú y un yo que se intersecan para simbolizar una cruz, signo de redención sagrada, pero también de continuidad personal profana, con cargas cromáticas y temporales que brindan particular luz a la concatenación de imágenes y figuras.
Con “el comienzo del humo” (p. 23), sexto poema de la primera parte, Cabel plantea una renovación del yo poético anunciada con precisión en el “cruce”, con la sutil mención de «ángeles enredados y el espejo». Los mencionados espíritus celestes cobran una significación mayor en la afirmación inicial de “el comienzo del humo”, cuando se alude a la figura angélica en cuanto a renovación existencial. De este modo se trasciende nuestro plano biológico para empezar a comprender las graduaciones y transfiguraciones de la latitud de fuego.
Los pasos y descubrimientos de Cabel nos llevan con cautela hacia “princesa de escarcha” (p. 25), poema que implica una suerte de iniciación o preparación para entender y comprender un mundo menos delineado por la realidad. Aparte de la obvia idealización del tú, la autora nos propone un tú horizontal y feérico. Más de una contraposición subraya la metáfora del plano que se despliega mediante una bisagra. Así, lo real de un lado y lo irreal de otro son las dos posibilidades de un ser que avanza y se repliega desde su misma respiración y reflejo.
Una vez traspuesto el umbral de la iniciación, el poema en prosa “tu banca roja por la tarde” (p. 27) es una acción congelada o tiempo detenido en una fotografía donde la diferencia sutil es completamente sustancial. Apenas una tilde distingue el adjetivo posesivo tu del pronombre que define y marca la segunda persona. Y ese tu sin tilde es el énfasis sordo de una banca roja por la tarde, es decir, la madurez sexual en un punto muy intenso y en un plano real-tangible poéticamente concretísimo. El río de Heráclito se ha convertido en un cabello ondulante que todo lo seduce y transforma, en un tiempo que devora y exige acciones impostergables. Y es aquí donde el fuego, en su justa latitud, empieza a lanzar sus señales de humo.
“garúa nacida el 27 de enero” (p. 33), primer poema de la segunda parte «latitud de fuego» arranca con un renombre que encierra una notable transfiguración: «te nombro tristeza, / noche, gotera, luz de asfalto sola». La fecha de nacimiento sugerida en el título, aparte de ser una misteriosa clave, refuerza los siguientes renombres: «te nombro finito», en la segunda estrofa, y «te nombro, / y el aire descalzo acaricia tu cuerpo de recuerdo», en la tercera, o sea, se propone adicionalmente un énfasis y reconocimiento, lo cual implica un cambio de persona desde la evanescencia de una garúa. Estamos ante un cambio del ser y del parecer.
“deshaciendo la piedra ónix de la muñeca” (p. 35) plantea una interrupción sin culpas pero que mancha la voluntad del yo poético. Esta ruptura —posiblemente de una tradición o de cuestión íntimamente consuetudinaria— deviene una situación límite en el siguiente poema, “al borde de” (p. 37), cuyo título previene al lector de ciertos farallones o límites terrenales, que representan fronteras metafísicas entre un yo en el espacio del recuerdo y un tú disgregado de su naturaleza corpórea. Este borde físico se refracta en un filo temporal en el poema “medianoche” (p. 39), donde el nosotros apenas refulge entre diferencias pronominales: «hemos despertado y bebemos estrellas, / la razón de su luz tendida sobre el mar».
Los siguientes poemas —“regreso en abril” (p. 41) y “reencarnación del sur” (p. 43)— continúan el contrapunto tiempo-espacio, para concluir en “there is a light that never goes out” (p. 45) —en español “hay una luz que nunca sale”—. En los dos primeros, tenemos sendas referencias poéticas que aportan con solvencia a la arquitectura del libro, particularmente en el ámbito de lo astral. En el caso del tercero, que además cierra eufónicamente la segunda del poemario, nos ubica en la latitud correcta para sopesar el fuego de nuestro derrotero.
La tercera y última parte del libro, «cartografía de una ausencia», alberga ocho poemas «afiatados» por un silencio que equilibra la búsqueda desde uno mismo, como cuerpo y centro de una cosmovisión, en el que la identidad del individuo solo tiene sentido si permite distinguir al otro en cuanto sujeto que nos complementa, llena o explica en nuestro misterio existencial. Así, en el poema “revés” (p. 49), se advierte el guiño a la teoría platónica de la media naranja —dos personas en una divididas por castigo divino— a partir de una perspectiva que no se genera necesariamente desde el deseo sexual. Y en el poema en prosa “lágrimas en la arena” (p. 51) queda suficientemente demarcado «el espacio que dejaste» en un momento difuminado, «sin tiempo», para reforzar la subjetividad de «la vida cíclica».
Estos contornos sitúan concretamente al lector en el lugar para la eternidad que plantea el poema “día para siempre, Granada, febrero, 2008” (p. 53), seguido por el mencionado silencio mostrado por una separación irregular (agramatical) que no sigue la correcta partición sílaba. Este silencio, que simboliza la belleza del caos, es un largo derrotero que tiene como antecedente Granada en febrero de 2008. De hecho, este silencio interrumpido se hace tangible en otra ciudad española como día contable, real, concreto y pleno —“día cien: Bilbao, diciembre, 2008” (p. 57)—, diez meses después. El tiempo, cada vez más tangible y articulado en una suerte de acción dramática, llega a un punto impostergable, cruzando el charco: “cuenta regresiva: Colonia de Sacramento, febrero, 2011” (p. 59), es decir, avanza y salta, transcurre y nos cerca con su tejido supuestamente transparente, por medio de mariposas, flores y caracolas. Es el poema “día sesenta: Buenos Aires, marzo, 2011” (p. 61). Luego retrocede en un fascinante des-cuento propio de una ucronía poética antiapocalíptica: “no hay día, Rosario, febrero, 2011” (p. 63), en el que se produce el cambio de persona (pessoa, en portugués), la alteración desde un renacimiento en el que no cabe culpas ni reclamaciones.
Y lo que parecía que iba a ser un aterrizaje forzoso se transforma en una calma llegada o, más bien, retorno a la ciudad-origen, pero particularmente urbe-ubre, de la que uno se nutre. En “Lima, hoy” (p. 65), poema que cierra sin grandilocuencias el libro, pero con esmerada contundencia plástica, el pasado está frenado por el futuro. En este poema-ombligo, tanto el tiempo como el espacio se han detenido después de una dinámica mirada de introspección y exorcismo. El fuego —y todos los símbolos y ritos que acarrea— se ha detenido también en la latitud de una certeza que se había patentizado esquiva. La invitación, en el ahora o presente poético, es una palabra cimbreante que celebra un remate que no es necesariamente un final… quizás el comienzo de una nueva percepción.


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