viernes, 17 de agosto de 2012
David Roas. Intuiciones y delirios. Lima, Micrópolis, 2012. 58 pp.
viernes, 27 de julio de 2012
Yuri Vásquez. El nido de la tempestad. Lima, Tribal, 2012. 464 pp.
lunes, 23 de julio de 2012
Alina Gadea. Obsesión. Lima, Borrador Editores, 2012. 96 pp.
sábado, 19 de mayo de 2012
Karina Pacheco. Cabeza y orquídeas. Lima, Borrador Editores, 2012. 118 pp.
viernes, 18 de mayo de 2012
Autores varios. Las mil caras del monstruo. Sevilla, Bracket Cultura, 2012. Edición y prólogo de Ana Casas. 168 pp.
martes, 15 de mayo de 2012
José Córdova. Animal desbocado. México DF, Proyecto Literal-Colección Limón Partido, 2012. 94 pp.
jueves, 10 de mayo de 2012
Miguel Ángel Vallejo. La elefanta Flor conoce a la elefanta Phūla. Lima, Ediciones Altazor, 2012. 112 pp.

Miguel Ángel plantea, sobre la base de un conjunto de conocimientos y prejuicios que el lector —grande o chico— maneja acerca de los elefantes, una historia relativamente verosímil y tan fantasiosa como imaginativa sobre cómo superar una pesada enemistad. La elefanta Flor, que habla y razona con un nivel muy sobre el promedio que el de un político de esos que llegan a calentar asientos a nuestro Congreso, tiene el don de transformarse voluntariamente en flor, y presenta, además, la graciosa particularidad de decir «nu» en lugar de «no». Una historia para niños debe encantar a su público objetivo justamente por la historia, la cual tiene que ser fluida, en realidad, lo más fluida posible sin llegar a ser ligera ni banal, y estar salpimentada por anécdotas, gags, chispazos filosóficos que no parezcan chispazos filosóficos y disparates al desgaire que aporten a la trama de fondo, pero sin caer en el vicio de que sostengan el desenvolvimiento de los hechos. Miguel Ángel sabe de estos artificios para enganchar narrativamente a su público, para no distraerlo en asuntos adjetivos y accesorios, pero en La elefanta Flor conoce a la elefanta Phūla, además de cumplir con estas pautas narrativas y lúdicas propias del código infantil, se percibe cierta atmósfera como una suerte de valor agregado, que acerca particularmente al lector (u oyente) a la historia. El empleo de una primera persona plural, un nosotros muy sutil que aflora con cierto ritmo en clave de complicidad, refuerza el nexo entre el narrador y el lector (u oyente). Por medio de este nosotros algo chismoso y deslenguado nos enteramos de ciertas incomodidades de la elefanta Flor ante la elefanta Phūla. Lo cierto es que la elefanta Phūla es un personaje engreído, soberbio y vanidoso. Un perfecto antagonista que perturba la paz y armonía que irradia la elefanta Flor. Phūla es una exitosa actriz de Bollybood, una diva de armas tomar. Se las sabe todas para mortificar a la elefanta Flor, a quien conoce en circunstancias un tanto ridículas para esta, pero que serán determinantes para el final de la historia, en un remate muy dramático en el que convergen casi todos los conflictos de la narración para una solución de amplia base y muy satisfactoria. Resulta interesante como Phūla empieza a cambiar. Ella, que también tiene el don de transformarse en flor (en loto, la flor sagrada de la India, de ancestrales resonancias simbólicas), consigue hacerlo, además, internamente. Es decir, se convierte en mejor persona animal, o sea, elefanta. Pero su cambio no es completo ni absoluto porque las personas y los elefantes no cambian de un día para otro, aún le quedan ciertos tics de antipatía, de peligroso veneno femenino. (No hay que olvidar que el cerebro de un elefante pesa cinco kilos… así que cuando utilizan su inteligencia para asuntos no muy santos más vale estar lejos.) Lo importante es que Phūla reconoce su falta y es capaz, al menos, de pedir disculpas. Digamos que aprende a ubicarse. Y la elefanta Flor, por su parte, también cambia: aprende a defenderse y a poner en su lugar a la pesada de Phūla, de hecho, consigue controlar mejor su transformación física en flor, lo que redunda en una mejoría emocional y viceversa. Y tras todo esto el lector sospecha que hay algo más que se escapa, que es inasible y que tiene que ver con chispazos filosóficos y místicos muy bien camuflados. Miguel Ángel se ha preocupado en mostrarnos, sin efectismos ni rimbombancias, por medio de pistas y guiños varios, la vastedad metafísica de los indios y de la cultura hindú, sin que suene a lección que uno debe aprender para un control de lectura. La información y las reflexiones son pinceladas sutiles que van delineando las acciones, los personajes, los escenarios y, sobre todo, las ideas narrativas. Y aquello que se escapa a nuestra razón, que resulta inasible a nuestro entendimiento, consigue agazaparse como una doctrina profundamente humana que trata de restablecer las relaciones entre los individuos y su entorno cultural y natural. Casi se oye el susurro de la revelación: a la naturaleza no hay que maltratarla ni dominarla… sino comprenderla, amarla y saberla transformar para restablecer el único orden que puede hacer de la humanidad una carga menos pesada para el planeta.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Juan Ramírez Biedermann. Plegaria de penumbras. Lima, Ediciones Altazor, 2011. 160 pp.
martes, 29 de noviembre de 2011
John R. Ancka. Leyendas de venganza. Lima, Ediciones Altazor, 2011. 187 pp.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Julia Wong. Un pequeño bordado sobre la vergüenza. Lima, Matalamanga, 2011. 66 pp.

Julia Wong ha convertido los actos más anodinos en estampas estremecedoras. Ha delineado probablemente bajo extrañas influencias astrales imágenes de inusual factura, utilizando palabras elementales, sencillas y de sospechosa cercanía. Para esta poeta, la vida es una narración cuyo pivote creativo permite giros verbales que en una plana percepción serían escrituras automáticas o cadáveres exquisitos. Pero las corrientes subterráneas de su poética revelan que no hay lugar para palabras escritas fortuitamente ni temas echados al azar, pues tras cada figura hay una razón; tras cada razón, un símbolo; y tras cada símbolo, una figura denudada por descubrir o descifrar.
La construcción de sus versos —por momentos accidentada, a veces insidiosa, casi nunca malversada— supone cierto enrarecimiento que nos obliga a torcer la boca, a paladear con temor algo que aún permanece vivo aun al entrar en contacto con nuestra lengua, mientras los dientes están a punto de partir aquella existencia huidiza y crocante, cuando no sedentaria y coloidal. Y hay una extraña sombra en todo este constructo estético y los títulos poco ayudan. Por el contrario, son como los letreros de los cuentos de hadas que envían a los niños buenos a la casa del ogro y a las chicas malas a ser plenamente felices en una comunidad de liliputienses, o viceversa, para no pecar de sexista.
Wong es una escritora que de manera difícil se conforma con una explicación poéticamente inteligente, extravagantemente ligera, arbitrariamente efectista. Lo obvio es la verdad incómoda que la obliga a buscar la otra respuesta, el esclarecimiento inverosímil que le da sentido a su mundo al revés, a su lecho de aclaraciones urticantes o a la magnífica constelación de recuerdos robados, aunque para ello tenga que arrancar clavos con su propia boca y torcerle el cuello a alguna metáfora sobre la muerte o el amor. Wong lucha contra su misma piel, ataca sin piedad nuestros ripios de inocencia, se enfrenta a las tiranías de la naturaleza, y lo más grande: hace de sus rasgos una estela magnífica de su información genética. Ella sabe muy bien quiénes son sus enemigos ancestrales, quiénes son los asesinos futuros que irían por sus órganos y su sangre mientras duerme y vive el irrefrenable desapego que ello implica. Pero no es vulnerable mientras escribe. Limpia sus armas mientras lima sus uñas y se prepara para dar el arañazo definitivo. Y no es una mujer fatal con un cursi manto de rosas o una coraza de fragancias. Nada más grosero. La fatalidad está hecha por otros hilos e historias. Con ella van los claveles, y las claves de una mirada que llueve sobre orquídeas y ciudades en el vaivén de una historia que no se anima a desplegar por entero o a despuntar por partes.
Sus fantasmales demonios penden de la indiferencia que nace en el exilio mismo. Y Wong se levanta desde los andurriales y arrabales de su memoria, incluso desde las guerras de su misma sangre, para mirarse en los espejos del mundo y oírse en los idiomas que la construyen como mujer real, encarnada desde sus dudas y contradicciones hasta su más enrevesada capacidad de contemplar y transformar por medio de la palabra. Pero se parte, fracciona y divide para hurgar en malas ideas, para desvanecerse en penitencias y respuestas que la revivan justo en los bordes que la hieren.
Y Wong no se detiene en su marcha hacia su secreto centro. Cambia de rostros y de máscaras, e insiste, reescribe y reitera sus dramas en espiral. Una trascendencia en ascendente humo que expone pero no necesariamente explica porque solo el deleite es suficiente. Wong es una poeta sin miramientos, por eso avasalla con su carga de enumeraciones y sostiene el tiempo hasta el gesto irremisible, el que delata suplicios, dolencias y atavismos. Y su repertorio es un hábitat con palabras en peligro de extinción, vocablos amenazados por dedos venenosos y gramáticas que obligan a deshojar margaritas.
La poeta se impone para salir del laberinto. Los taxis podrían ser la mejor solución para escapar de los minotauros, pero sus conductores pueden ser más bestiales y fieros en el ejercicio de sobrevivir, en el arte de la supervivencia, donde todo es posible, incluso embaucar a Dios en el careo ante la nada. La poeta se impone y se realza, pues tiende y sigue el hilo, teje y desteje su espera fiel, así como su eterna y desleal llegada. Pero el laberinto son sus ciudades amadas, con sus personas convertidas en mariposas, los fonemas germánicos, los olores que persigue y la magia con que cura sus heridas y rencores. El laberinto es ella en la dimensión de su deseo, es ella y otra en el ámbito de su asombro, es ella y nadie ante el espejo que la afirma como escritora original.
Wong se toca a sí misma y se transforma en una memoria de las cosas inservibles.
Wong mira hacia atrás y se salva de ser estatua de sal.
Wong permanece en silencio porque sus versos parecen bullir.
Entonces su libro se pliega desde su transparente ombligo y todas sus palabras cobran un nuevo sentido que obliga a una relectura. La poeta arriesga su cordura, apuesta por sus raíces y juega a los dados con su doble. Pero la poeta también quema sus naves, ajusta sus clavijas y se rasga las vestiduras. Y, no obstante poner los puntos sobre las íes, hace también todo lo contrario, hasta exudar patrañas, exorcizar ángeles y demonios, y fabular grandes nimiedades.
Sopesar una obra de naturaleza tan imbricada es casi tan complicado como cazar lagartijas con aviones de papel. Pero, al menos, el título se decanta de tanto insistir e incitar la imaginación. Se trata finalmente de intervenir sobre una trama sin el trasfondo del presente. Lo insignificante es decisivo en este horizonte indesmallable (sic) y todo indica que Wong nos propone una carta sobre una mesa vestida. Este es el detalle que distraería nuestro rito del hacer o del actuar, pero que le da un completo sentido a la quietud que se desliza hasta invadir cada miembro y pensamiento. La vergüenza es el plano que arremolina, la miel que atrae las moscas. Pero la vergüenza puede ser también el pretexto, la referencia que se filtra a través de los cinco o más sentidos. Y bordar es un viejo arte. Es poesía sobre tela y sin usar palabras ni otro código lingüístico. Arte puro en solitario y en intenso diálogo con uno mismo. No monólogo sino soliloquio. Y Wong sabe del misterio tras cada puntada de color, forma y textura. Sabe que esta turbación del ánimo anida cerca de nuestros ojos para horadar sin piedad como la peor andanada que nos censura hasta deshacer nuestros huesos. Sabe qué preguntas formular, qué verdades responder, qué mentiras exhibir. Y sabe que escribir es reinventar el mito que la sustenta desde su más absoluta debilidad. Y cuando calla, todo este saber, toda esta sabiduría la fortalece hasta el punto de cambiar de piel, de transformarla en una Julia Wong con una mirada más penetrante y osada, pues denota el alivio de padecer menos inquietudes.






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